Psicología y fe

No quiero hablar aquí de los aspectos religiosos de la película Francisco, el padre Jorge (Beda Docampo Feijóo, 2015), que acaba de estrenarse en España. Pero me interesa la relación, a veces controvertida, entre fe y psicología, pues los sentimientos religiosos establecen una tensión hacia modelos de vida que inspiran profundamente a la persona con vocación y la llevan a un conjunto de actuaciones específicas, acordes con esta llamada, que considera divina.

Todo esto está en la película sobre la vida del Papa Francisco, junto con algo más: la proyección social de la fe, es decir, el deseo de hacerla visible y eficaz, transformándola en misión o acciones de servicio al prójimo. Aunque no siempre se practica, esta misión es inherente a la mayor parte de las religiones. En efecto, quien no concibe su fe como algo meramente teórico o cultual, sabe que es ineludible que ésta tenga repercusiones en su vida y ve con desconfianza la actitud de los llamados ‘creyentes no practicantes’, lo que a su vez puede generar suspicacias en quienes creen que ‘no hay para tanto’, que la religión no debe exagerarse y que vivir mundaneado es mejor o acarrea menos complicaciones.

Se piense lo que se piense sobre la conversión y la vocación, desde el punto de vista psicológico son experiencias muy poderosas, en principio positivas, puesto que implican una vuelta de la persona hacia sí misma y a la vez un aumento de la empatía por los demás, pero también perturbadoras, especialmente cuando enfrentan al converso o vocacionado con su familia —como se observa en varias escenas de Francisco, el padre Jorge—, con una casta política y empresarial corrupta, o con los delincuentes de la Mafia; y, dentro del grupo religioso del converso, cuando someten a éste a voluntades ajenas que, con la excusa de una dirección espiritual, pueden hacerle caer en diversas formas de inautenticidad personal.

Cartel de la película de Docampo Feijóo. (imagen: Filmaffinity.)

Cartel de la película de Docampo Feijóo. (Imagen: Filmaffinity.)

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No envejecer nunca

Es el tema de la película El secreto de Adaline (Lee Toland Krieger, 2015). Se trata de un ancestral deseo humano, pero ¿es verdaderamente tan atractivo?

Quizá si los demás tampoco envejecieran; de lo contrario, les veríamos envejecer y morir, y finalmente estaríamos solos, sin amigos ni familiares, desarraigados, lo que no parece un destino apetecible.

«Dime algo a lo que pueda aferrarme y no desaparezca», dice Adeline en una escena de la película de Krieger. Es la gran frustración del ser humano, la fugacidad, que afectaría también a quien fuera inmortal, al menos como problema amoroso: la imposibilidad de querer a otra persona que no muriese.

Pero este imposible es, justamente, lo que el amor normalmente desea, como si pudiera exigir o hacer realidad lo que formuló el filósofo Gabriel Marcel: «Amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás» («Aimer quelqu’un, c’est lui dire: tu ne mourras pas»).

Padres adolescentes

No hay que ir demasiado lejos. Los adolescentes están ahí mismo, por todo Internet, contando sus problemas, decepciones, gustos, deseos, ilusiones, penas y otros sentimientos sin la menor reserva. Y todo esto es fuente de inspiración para el que desea educar y ayudar ‘con conocimiento de causa’.

ScreenShot

Algunos adolescentes lo confiesan todo en Internet.

El envidioso y la excelencia

Aunque la expresión ‘pecados capitales’ ha caído en desuso, todos recordamos que eran siete: gula, lujuria, avaricia, pereza, ira, soberbia y envidia. De todos, salvo de uno, se puede decir que producen cierto placer al que los comete; la excepción es la envidia.

El envidioso es un ser dominado por la insatisfacción y la tristeza, porque sólo con ver o imaginar a otro (el envidiado), ya sufre. Y sufre más por lo que el otro es que por lo que el otro tiene; éste es su drama: si sufriera por lo que el otro tiene, el asunto tendría remedio; pero cuando se envidia, se envidia sobre todo lo que el otro es, y esto convierte en imposible cualquier aspiración a la felicidad: nunca nadie podrá suplantar a otro.

La mera presencia del envidiado, y no lo que el envidiado tiene, resulta irritante para el envidioso, que no puede dejar de ver, como en un espejo, lo que a él mismo le falta: simpatía, carisma, liderazgo, facilidad de palabra o para hacer amigos, etc. Y hay que señalar que la mirada del envidioso es agudísima y normalmente certera: la virtud ajena que ve y envidia es real. Él la negará en público (‘Éste va de simpático, pero si yo te contara…’), mientras, privadamente, la pone en el altar que sin duda sabe que merece. El envidioso es, así, un gran admirador de la excelencia humana, que observa desde las sombras y cuya superioridad reconoce, aunque sea para flagelarse por carecer de ella.

Recordemos, por ejemplo, a Antonio Salieri (Legnago, 1750–Viena, 1825) y su relación con Mozart, tal y como se plasma en la película Amadeus (Miloš Forman, 1984)…

(Facebook, 21 / enero / 2015)

Te escribí 365 cartas

¿Ya nadie escribe cartas? Los buzones amarillos de Correos, en España, ¿de qué se llenan? ¿Alguien escribe cartas todavía?

Quizá no sean necesarias: hay móvil, hay Whatsapp. Claro. Sin embargo, alguien dijo (el filósofo Julián Marías) que los amigos y las personas que se quieren deben escribirse. ¿Por qué? Porque lo que se dice por escrito, no suele expresarse (o no del mismo modo) oralmente. Además, escribir contribuye a organizar los pensamientos y a darles claridad. (Tampoco pensamos igual de pie o tumbados: pueden comprobarlo.)

Existe una corriente de investigación en psicología que habla de la curación por la escritura. Si no escribes cartas, aconseja, al menos escribe: mensajes, notas, poemas, relatos, lo que sea. Es psicosaludable.

Y no hay amor taciturno (silencioso, ensimismado): todos necesitan hablarse. O, por lo menos, escribirse. «Nos carteamos durante años», se decía en los 80. O bien era frecuente, de estudiante, tener pen pals en otros países a fin de practicar inglés. Y se enviaban postales de Navidad.

Todo esto necesita una actualización. Quizá sea posible a través del móvil y de Facebook o Twitter. O quizá no: todos sabemos los malentendidos a los que dan pie los escuetos mensajes en tales medios.

En todo caso, personalicemos siempre: nada de ‘corta y pega’ para manifestar una idea o un sentimiento privado. Mejor una torpe expresión de amor personal que un mensaje mil veces repetido. Las cartas, en esto, tenían su ventaja: quienes las escribían podían fingir, pero no demasiado ni durante mucho tiempo.

Escena de El diario de Noa (Nick Cassavetes, 2004).

(Facebook, 12 / marzo / 2015)

Marion Le Solliec, arpista en el campo

La música, como la poesía, transmite aspectos líricos de nuestra psique. Codificados en forma de notas musicales, recibimos una ola, un bosque, un atardecer, una mañana; o la tristeza, la gloria, el misticismo, la inocencia. Y todo está relacionado: la música, la poesía y la lira, que es el instrumento con el que se acompañaban antiguamente las composiciones literarias de carácter lírico.

Lo lírico tiene que ver con el yo y sus vivencias íntimas, con lo sentimental o los estados de ánimo. Y la poesía lírica es por eso una literatura del yo que ha tenido siempre como motivos de inspiración los más personales: el amor y su contraparte, la muerte; a veces el amor allende la muerte, máxima aspiración humana, y otras la muerte que pone fin definitivo o quizá no al amor, la gran preocupación también humana.

Frente al género épico, siempre social y basado en leyendas o historias, epopeyas de un héroe o cantares de gesta sobre sus hazañas, el lirismo exalta la subjetividad, la de cada uno, con sus elementos personales y únicos.

Contra la Ilustración, que fue la época de la razón científica, reaccionó el romanticismo, el movimiento por antonomasia de los sentimientos. Porque somos, ya lo dijo Zubiri en una de sus obras, ‘inteligencia sentiente’, es decir, ambas cosas razón y emoción, una composición de elementos inseparables.

Marion Le Solliec no toca la lira, sino un instrumento mayor: un arpa. Pero relajan igualmente su música y el romántico entorno donde la hace sonar.

Marion Le Solliec, ‘Adaptation on the harp of several songs from the Lord of the Rings’.

Maya Plisétskaya ‘in crescendo’

El pasado 2 de mayo murió Maya, la Майя Плисецкая de los rusos, judía de origen y española desde 1993, y lo hizo en Múnich (Alemania). Había nacido en Moscú en 1925, dice Wikipedia que bailó 800 veces al son de El lago de los cisnes —de su compatriota Chaikovski— y es también un hito para la historia de la danza su interpretación del Bolero de Ravel conforme a la coreografía de Maurice Béjart, que os dejo aquí como crescendo póstumo, ostinato como Maya y en homenaje a ella, la gran bailarina clásica, el cisne ahora muerto del ballet más alto. Quince minutos de pura excelencia humana.

Maya Plisétskaya y el Bolero de Ravel según la coreografía de Béjart.