Ablación = Aberración

En el Día Mundial contra la Mutilación Genital Femenina, la ONU espera que esta repulsiva práctica termine en 2030. Muchos años nos parecen. Demasiados.

Es intolerable que la ablación exista y que sea justificada con pretextos religiosos, incluso por mujeres. La ablación es un delito y como tal debería ser considerado en la legislación internacional. Entendemos, no obstante, que sea difícil aplicarla.

Dos cosas se oponen a ello: la falta de aplicadores (la justicia, si no es ejercida, se queda en teoría) y el multiculturalismo, que es un grave error intelectual: todas las culturas tienen elementos inaceptables; la integración y el respeto mal entendidos llevan siempre a una culpable ‘no intromisión’. Pero cuando se trata de salvar a una niña de una atrocidad, ‘entrometerse’ para evitarlo es lo moral.

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(Imagen: Fundación Melior.)

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Un poco de solidaridad entre humanos

Razonablemente, alguien puede pensar que recibir y acomodar a miles de refugiados e inmigrantes complicaría la vida social de Europa; otro, sin que le desasista esa misma razón, puede opinar que también una vez algunos de nuestros compatriotas fueron refugiados y que además está en la ley de los países europeos el deber de acogimiento de quienes son perseguidos o huyen de guerras.

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Póngale usted cara a los refugiados: una portada del periorico belga ‘De Morgen’.

Pero ambos saben esto: que es inmoral no nadar en busca del que se está ahogando; que el acogedor, si es hospitalario, puede hacer un esfuerzo por sacar otro plato, mientras que el refugiado debe ser agradecido y no ha de imponer sus normas en casa ajena; y finalmente que ambos están unidos por algo: la radical menesterosidad humana. Este mundo es duro, inclemente: ayudémonos a sobrellevarlo.

Coda: Google ha hecho una donación para ayudar a los refugiados sirios y es algo para congratularse; sí, cuando no sabe uno qué otra cosa hacer, al menos puede donar dinero.

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Imagen: Twitter de la edición digital de ‘El Nuevo Herald’.

La risa es un viento diabólico

No falla: no hay fanatismo bienhumorado; todos son, sin excepción, terriblemente adustos, promotores de la infelicidad por ausencia de alegría, tediosos. Rechazan el sentido del humor, censuran los espectáculos donde la gente se ríe y, si llegan al poder, prohíben la música, el baile y la fiesta. Les molesta el humor porque aspiran al sometimiento de las personas y el humor libera, pone en entredicho, rebaja la aburrida seriedad de sus delirantes tesis ideológicas.

Bien lo sabía Umberto Eco (n. Alessandria, Piamonte, 1932), el semiólogo italiano que en 1980 publicó El nombre de la rosa, novela que no es sólo el relato de la investigación de una serie de crímenes en plena Edad Media (invierno de 1327), sino básicamente una crítica tan feroz como justificada a la intolerancia religiosa.

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Una edición popular del libro de Umberto Eco.

No es casual que el protagonista (junto con el novicio Adso de Melk) de esta novela se llame Guillermo de Baskerville, lo que inmediatamente trae a la memoria primero a Guillermo de Ockham, filósofo nominalista, opuesto a Santo Tomás de Aquino (el Doctor Angélico del catolicismo), y luego a Sherlock Holmes, investigador de las evidencias empíricas: contra los argumentos de autoridad, Eco quiso reivindicar el uso autónomo de la razón y la capacidad individual para disentir de lo aceptado como consecuencia de la presión social.

Y además fray Guillermo es franciscano, es decir, que pertenece a la orden de San Francisco de Asís, el protagonista de Las florecillas, el autor del Cántico del hermano Sol, el gran santo de la fe espontánea no teórica, no doctrinaria, sencilla ajena al boato y naturalmente alegre como la risafrente a la fría rigidez de los dogmas…

Una escena de El nombre de la rosa (Jean–Jacques Annaud, 1986).

(Facebook, 2 / marzo / 2015)

Noúmeno y fenómeno como camino de tolerancia

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Immanuel Kant (Königsberg, Prusia, 1724–ibídem, 1804)

¿Cómo fomenta la enseñanza de la filosofía la tolerancia entre los alumnos? A veces por caminos insospechados, pues no hace falta siquiera mencionar el concepto: la enseñanza puede ser indirecta y sin embargo eficaz.

Nos damos cuenta de esto cuando explicamos en clase los conceptos kantianos de ‘noúmeno’ o cosa en sí y ‘fenómeno’ o cosa para mí. La distinción es clara: nuestros sentidos son limitados; sólo percibimos una parte de la realidad. Esto obliga, de forma inmediata, a revisar nuestra epistemología, que pecó de realismo hasta Descartes, pero también nuestra ética, pues como defendió Sócrates saber que no lo sabemos todo es una invitación a la humildad (¿cómo podría decir que poseo la verdad?) y al contraste de pareceres (¿qué otra cosa puedo hacer, para ampliar mi conocimiento de la verdad, sino cotejar mi opinión con la de los demás?).

Una cosa, dice Kant, es la realidad y otra, parecida pero sólo un poco, la realidad que yo percibo. Hay colores que para los que no tengo ni siquiera receptores, pero que forman parte del mundo cincundante y una mosca ve; sonidos a los que mi perro es sensible y yo no; y hay, por supuesto, objetos tan lejanos en el tiempo y el espacio que quizá nunca lleguaré a conocerlos.

Soy limitado, porque mis sentidos lo son. Esto significa que mi verdad no podrá ser nunca definitiva, sino susceptible de recibir nuevas aportaciones, destinadas entonces a redondear mi visión de la realidad; pero, incluso teniendo en cuenta estas ampliaciones, mi visión de la realidad seguirá siendo una de tantas, porque la verdad de cada persona lo dirá más tarde Ortega es sólo una perspectiva. Valiosa, insustituible, pero una más. Si existe algo así como la verdad total, la verdad de todas las cosas que pueden ser conocidas, nadie la tiene; o bien es la suma de todas las perspectivas sólo accesible a Dios, si es que Dios existe y su ojo, como suele decirse, todo lo ve (no en su caso desde un punto de vista, sino holísticamente, como habría de corresponder a una visión que fuera divina).

En consecuencia, las ideologías absolutistas, las concepciones políticas sin parangón y las religiones que sólo toleran amenes parten del error intelectual de confundir lo fenoménico con lo nouménico; y son también una mostruosidad en nombre de la cual se cometen crímenes que no sólo carecen de justificación religiosa o política, sino filosófica y moral porque, como dijo también Ortega, no hay ser humano en este mundo al que no le pertenezca una porciúncula de verdad. Pretender que toda la verdad está contenida en un solo libro, en una sola fe o en un solo profeta, persuadir de ello a los jóvenes y amedrentar con esta doctrina a los considerados infieles es propio de ignorantes que necesitarían leer a Kant en vez de repetir jaculatorias.