La hierba bien cortada, educadora

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Paraninfo de la facultad de Medicina de una gran universidad. Hemos venido a escuchar una conferencia sobre las peculiaridades de las carreras relacionadas con la sanidad. Durante el acto, mi grupo de alumnos mantiene una actitud de respetuosa atención. Es la actitud mayoritaria, pero no la única ni la más notoria, por desgracia.

Entre los alumnos, formando una minoría que se hace en seguida con la representación del resto, hay algunos dominados por el energumenismo: mascan chicle, hablan con voces altisonantes, colocan las rodillas sobre el respaldo del asiento que tienen delante e incluso beben Coca-Cola.

Este comportamiento parece responder a un descaro que disimula mal el engreimiento de unos jóvenes a los que se les ha contrariado muy poco. Son ignorantes, pero alardean de ello. Apenas saben nada, pero tampoco se dejan enseñar. Al contrario, han venido aquí a imponer su estilo, o mas bien la falta de él, y pretenden sentar cátedra ellos, que no la tienen frente a quienes han hecho, durante años, los méritos necesarios para obtenerla.

En efecto, cuando los catedráticos de Medicina, Farmacia y Biología salen a la tarima, estos alumnos no sólo no creen que deban levantarse, como se hace en nuestro colegio en señal de respeto sería pedirles demasiado, sino que hallan la ocasión para alborotarse incluso más con pataleos, risas y comentarios que resultan tan ofensivos hacia los profesores como demostrativos del nivel que puede alcanzar la jactancia de unos estudiantes sin decoro.

Es dicífil resistirse, pero sería peor contribuir al tumulto iniciando una discusión en la que, además estoy seguro, no se amedrentarían, porque la ignorancia es, como suele decirse, así: atrevida. De modo que los catedráticos van detallando los estudios que se imparten en esta universidad, las asignaturas características de cada grado, los requisitos de acceso a las facultades… mientras el ruido y las manifestaciones presuntamente jocosas se suceden.

Lo más fastidioso de este espectáculo de incivilidad es la exhibición de grosería feliz que tenemos que soportar los que no deseamos participar en la fiesta; una muestra típicamente zafia de lo que el filósofo Julián Marías llamaba chabacanería y que él definía como ‘la mediocridad satisfecha de sí misma’. En vez de entrar aquí como en un santuario del saber, es decir, con la conciencia clara de que lo es y el respeto y la humildad que el lugar requiere, irrumpir como un grupo caballar desbocado, hollando a gusto las mullidas alfombras, dando coces al mobiliario y profanando con relinchos destemplados la quietud de pasillos y bibliotecas.

Y luego está la falta de consideración hacia las personas, simplemente. Incordia tanto que dan ganas de espetar a cada uno de estos alumnos, pese a todo posibles médicos y farmacéuticos dentro de cinco o seis años lo que el rey de España al mandamás de Venezuela en 2007: «¿Por qué no te callas?». Es decir: ¿por qué no escuchas de una vez, deslenguado? ¿Por qué no cede tu cabeza a la benéfica presión de la cultura? ¿Por qué no te convences de la superioridad de los buenos modales sobre la ordinariez y la descortesía? ¿Es que no intuyes que estas personas saben más que tú? ¿No te das cuenta de lo mucho que tendrías que aprender de ellas si dejaras el chicle, la lata de Coca-Cola y tus risotadas de taberna? ¿Es que Tosca va a ser siempre en este país una actitud predominante y hasta ensalzada en los programas de televisión y no una ópera de Puccini? ¿Podremos algún día llamar Burda solamente a una revista alemana de patrones de moda y no a la irrupción en la universidad de unos jóvenes tan fatuos como desdeñosos?

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Salgo a tomar el aire. El bochornoso espectáculo del paraninfo ha terminado hastiándome. La universidad, aparte de preparar profesionalmente, debe fomentar modelos de excelencia humana y este papel es demasiado noble para verlo repudiado de un modo tan insolente. Pero no quiero ser pesimista: quizá ya es mucho lo que algunos catedráticos hacen al serenar e instruir a bachilleres como éstos hasta convertirlos en profesionales dignos de tal nombre y útiles para la sociedad.

Sumido en estas cavilaciones, busco un lugar en el campus donde esperar a otros alumnos que regresan ya de facultades diferentes. Por un momento dudo de si se trata verdaderamente de un campus o de un remedo de cactario, dada la cantidad de abrojos, cardos y otras plantas espinosas que acechan el descanso del inopinado visitante. Pero aún me espera otra sorpresa: al adoptar con precavido tiento una posición sedente en un claro de este campus punzante, casi vengo a posar mi mano derecha… ¡sobre un preservativo de reciente uso! Ni una noche ha debido de pasar desde que desempeñó su fricativa misión. Sobresaltado, doy un respingo que me impulsa a apoyarme sobre mi mano izquierda, a su vez en peligro tetánico, pues en este otro lado hay una lata de sardinas oxidada que a poco está de seccionarme el mollete carnoso que antecede al dedo pulgar.

No quisiera pasar por un remilgado que, harto de algarabías juveniles, se la coge con un papel de fumar a causa de un jardín poco versallesco. No me gusta la afectación ni soy exquisito en mis gustos. Pero… ¡un preservativo usado y una lata de sardinas más vieja que los pecios del Titanic! En fin, creo que hasta el más campechano de los profesores juzgaría estos hallazgos un tanto excesivos para el campus de una de las mayores universidades de España.

Pero, prescindiendo de cursilerías y formalidades burguesas, ¿cómo podría negar que la belleza vegetal me interesa? Y no sólo la silvestre, sino la que cabría esperar en un campus universitario: la humanizada en forma de jardines. Seguro que hay ecologistas a los que les parece aborrecible este sometimiento de las plantas a la mano del hombre; a mí, en cambio, me horroriza más la desidia que manifiesta un jardín descuidado. No pido, en torno a las facultades, un vergel de árboles frutales y plantas aromáticas; recoletos patios, tintineantes fuentes y un palmeral como el que bordea el Alcázar de Sevilla; tampoco diseños geométricos al estilo de los que dan justa fama a los jardines de La Granja de San Ildefonso. Ni siquiera se trata de eso, ya que que los setos, así ordenados, entorpecerían el paso de los estudiantes y los profesores, y los campus, aun contando con árboles y jaras, deben dar prioridad a las extensiones con césped; pero me parecen preferibles los setos a la maleza y la basura.

No me lo adelanten: en época de crisis económica, ya lo sé, no llega el presupuesto de la universidad para tales arreglos botánicos. Ciertamente. ¿Ni siquiera para cortar la hierba? Me parece dudoso. ¿Tampoco para limpiar el campus? Antes que por feo, esto debería evitarse por insalubre. ¿Habrá, pues, otros motivos, aparte de la austeridad que el gobierno ha impuesto a las instituciones públicas?

Se me ocurre uno que puedo exponer como colofón: no hay que dar por descontado el valor educativo del llano y modesto césped; en algunas universidades continúan sin darse cuenta de ello. Sí, la hierba segada también educa, porque transmite valores morales: orden, quietud, belleza, silencio, comedimiento, sencillez. Es decir, todo lo que hoy eché de menos en el paraninfo de la facultad de Medicina. ¡Y pensábamos que para educar en valores a los alumnos había que pronunciar serias disertaciones sobre el alma mater! ¡Quizá les hubiera bastado, al menos como proemio verde, con recorrer un campus limpio y bien cuidado antes de entrar!

Maestros problema

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El profesor debe estar al servicio del alumno, especialmente en 2º de bachillerato.

¿Fue A. S. Neill, el fundador de la Summerhill School, el que habló de los ‘maestros problema’?

El maestro debe ser un ‘desfacedor’ de problemas en el aula, no su causante. Sobre todo en 2º de bachillerato, un curso apremiado por la necesidad de impartir todo el temario antes del examen de ingreso a la universidad, están de más los excesos de protagonismo del docente, el histrionismo y las ocurrencias; hay que ser práctico y ayudar al alumno a superar con éxito ese trámite, no entretenerle con otras cosas.

El alumno necesita saber qué debe estudiar, cómo hacerlo de la manera más rápida y eficaz y dedicar tiempo a su propósito de conseguir una buena nota sin ninguna interferencia adulta. Por muy fácil que después resulte, por muy alto que sea el porcentaje de aprobados, afrontar un examen general es siempre una experiencia estresante y no debemos aportar motivos de preocupación adicionales al adolescente que estudia.

Lo que está en juego no es sólo una calificación: es su vida. Cursar estudios de enfermería cuando se siente uno vocacionado para la medicina, o ser abogado en vez de fisioterapeuta, o ingeniero industrial en vez de arquitecto… son alternativas que afectan de lleno a la vida de una persona, no sólo a su profesión. Y, además de antipedagógico, es moralmente inaceptable que un educador interfiera en el camino de una persona hacia su auténtica vocación.

(Facebook, 13 / marzo / 2015)

La selectividad como prueba de madurez

La selectividad, o prueba de acceso a la universidad, se llama también en España ‘prueba de madurez’.

Madurez, sí, porque no se trata sólo de comprobar los conocimientos que un alumno tiene, sino de que éstos sean expresados de un modo acorde con la edad adulta en la que, a los 17 años, el alumno está a punto de ingresar.

Esto quiere decir de un modo culto, con respeto a la ortografía y a la sintaxis, pero también meditado, estudiado y asimilado por él mismo gracias, sobre todo, a las clases recibidas, al tiempo dedicado a la lectura y a las conversaciones mantenidas con sus profesores y con otros estudiantes.

(Facebook, 14 / marzo / 2015)

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Un típico examen de selectividad.