Ventajas morales del despido

Una buena amiga, maestra de profesión, acaba de ser despedida. Naturalmente, está disgustada por ello. A la vez, opina que era una de las posibilidades que le cabía esperar, ya que ella es una profesional culta y esforzada, pero su ex colegio se está despeñando —como atraído por la fuerza de un agujero negro— hacia la mediocridad.

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Cyrano, nuestro ejemplo moral. (Imagen: Editorial Alianza.)

¿Cuándo empezó todo? Como suele ocurrir en algunas empresas españolas, cuando alguien con poder estableció que se valorase más la adulación bufonesca a los jefes que el trabajo diario de los docentes; el sometimiento a las órdenes y la aceptación de la burocracia más que la creatividad; y hasta salir a fumar y cotillear en los alrededores del colegio con uno de los prebostes más que estudiar, leer, investigar, publicar o simplemente dar clase.

Es decir, aquello que en países como Estados Unidos, Alemania o Finlandia —cuyos sistemas educativos están en la vanguardia de la excelencia educativa— sería un demérito, en este colegio se había convertido en signo de distinción y reconocimiento, lo que no podía tener más que funestas consecuencias para los profesores con vocación.

Pero he querido consolar a mi amiga, no sólo porque ella merece un ambiente laboral que incentive sus magníficas cualidades profesionales y personales, sino porque —se lo he dicho por escrito— un despido puede dar a veces una impresión equivocada. Por ejemplo:

• La de un profesor solo que, sin trabajo ni dinero, debe pelear por una justa indemnización frente a una gran empresa con abundantes recursos legales y financieros… Cuando, en realidad, el profesor suele estar moralmente acompañado por muchos más que los que franquean a los déspotas que le expulsaron y además contar con la ventaja de poder recibir, como desempleado, asistencia legal gratuita, mientras que la gran empresa tendrá que gastarse mucho dinero en abogados y pleitos, lo cual es siempre dolorosísimo para quienes, más que el emprendimiento, buscan medrar a costa de la preterición de algunos principios morales básicos, especialmente importantes en la educación, que no es como ponerse a vender gasolina o verduras.

• La de un profesor desabridamente despedido, o incluso despedido en secreto, y por lo tanto lanzado a la oscuridad inhóspita del espacio exterior, aparentemente tan poco acogedora… Como si fuera mejor la situación de quienes permanecen dentro, en un entorno laboral y personalmente tóxico, sometidos a la incertidumbre de ser condenados un día al mismo destino y por lo tanto obligados guardar un discretísimo silencio complaciente, mientras que el expulsado es libre y puede poner por fin a cada conducta la etiqueta que mejor se le ajusta.

• O la de un profesor que, de ser casi una eminencia y recibir muy superiores halagos, pasa a ser un proscrito, un paria sin el meritoriaje necesario «para esta selección de los mejores que estamos haciendo» (Dios mío, qué sentido del humor tienen algunos… todavía). Como si el presunto seleccionador no hubiera puesto nunca por las nubes a quien luego ha visto marcharse, o como si su mismo cargo no pendiera de un hilo dramáticamente tenue, o como si fuera cierto que él selecciona algo y no se limita más bien a asumir el indecoroso papel de portavoz encargado de leer maniqueos listados de preferidos y eliminables.

En fin, compañera, que el exilio puede ser más confortable de lo que a simple vista parece e incluso permitir una libertad de palabra y movimientos que para sí quisieran algunos de los que creen que su parcela o terruño son algo seguro y no lo que en realidad devienen: arenas movedizas o placas tectónicas en permanente cambio.

Y que alejarse de los que, sin aportarnos educativamente nada, pretenden extraer toda nuestra energía para dedicarla a una labor cortesana y adulatoria… es siempre un deber moral; arduo, doloroso quizá, pero que tiene su recompensa: la posibilidad de tener una vida digna, nuestra, independiente. Una vida que exhibir con orgullo frente a la mundana vulgaridad de tantos. O, como dijo Cyrano de Bergerac:

Cyrano: (…) ¡Sí, me arrebataréis todo, el laurel y la rosa! ¡Arrancad! Pero, pese a todos, hay algo que me llevo; esta noche, cuando comparezca ante Dios, al hacer el gran saludo barreré todo el umbral azul con algo que sin una arruga, sin una mancha, me llevo conmigo, pese a todos vosotros… (Se lanza con la espada en alto) Y es… (La espada se le cae de las manos, vacila y cae en brazos de Ragueneau)

Roxanne: (Inclinándose sobre él, y besándole la frente) ¿Y es?

Cyrano: (Abre los ojos, la reconoce y dice sonriendo) ¡Mi penacho! (Muere)

Hágase un favor: no sea usted profesor

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¿Alumnos aburridos? No falla: profesor sin vocación.

¿No siente usted vocación docente? Hágase un favor: no se dedique a la docencia. De seguro, le abrumarán los niños. ¿Los adolescentes? Crispado le tendrán a usted. ¿Los universitarios? Le prevengo: no son adultos y requerirán de usted hasta agotarle. Conjure fastidios; citas con padres a los que adular; genuflexiones ante el señor director; festivales de Navidad complicadores de un tiempo que usted no tiene; el griterío infantil de patios y comedores; esos lotes de exámenes sin corregir que martirizan a los profesores cada fin de semana; ¡tanta pesadumbre evitable!

¿Aún duda? Tenga usted en cuenta lo más importante: sin vocación, esterilizará usted la creatividad de los demás; ajeno al gusto de los buenos profesores por los libros, desbarrará usted hablando de Gran Hermano o de Supervivientes durante la comida o saturará sus correos electrónicos con imágenes presuntamente chistosas y chanzas tabernarias; se atediará usted y bostezará cuando alguien le hable de la filosofía educativa de John Locke, o del Cid en la literatura y el cine, o del estilo churrigueresco, es decir, de las formas superiores de cultura; demasiado cansado antes de empezar, tratará usted de escaquearse durante la semana cultural y el día de la paz; ahíto de problemas familiares que no le incumben, aumentará usted su adicción al tabaco que ya consume, sin ser notado, en los alrededores del colegio; nervioso, habrá usted de correr, a las cinco de la tarde («¡Eran las cinco en todos los relojes!», escribió García Lorca pese a no conocer la ansiedad por la huida que tal hora causa a los profesores sin vocación), a fin de volver cuanto antes a su verdadera vida, que no es la que aquí lo aliena y por la que se queja; desinteresado de las preocupaciones de los alumnos, tendrá usted que hacer uso de la treta que consiste en fingirse su amigo, mientras, sotto voce, les llama usted ‘insoportables’ —se lo hemos oído— o reconoce que le importan menos que su próximo modelo de coche o que sus vacaciones en la playa de moda; y evítese usted disgustos de origen ecológico como los que le aquejarán, muy probablemente, cuando haya una catástrofe natural y se vea usted en la obligación moral de responsabilizar de ella a los alumnos (representantes más cercanos del ‘género humano’) por ‘no respetar a la madre naturaleza’, que se rebelaría así, al parecer, ‘contra nuestros ataques’. Es decir, no nos aburra; no sea usted profesor; dedíquese a otra profesión.

En efecto, señor, señora: no se amargue usted la vida. Permanezca donde está. No venga usted, rebotado, de ámbitos laborales que le son indubitablemente más afines. Trabaje usted con cosas, papeles, tejidos, distribución de ultramarinos. Y, por favor, deje en paz a los profesores con vocación.

Padres adolescentes

No hay que ir demasiado lejos. Los adolescentes están ahí mismo, por todo Internet, contando sus problemas, decepciones, gustos, deseos, ilusiones, penas y otros sentimientos sin la menor reserva. Y todo esto es fuente de inspiración para el que desea educar y ayudar ‘con conocimiento de causa’.

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Algunos adolescentes lo confiesan todo en Internet.

Totalmente de acuerdo: que los políticos dejen de poner deberes

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Imagen: ‘Rebelión de padres contra los deberes’, una de las noticias de portada en ‘El País’ del 15 de mayo de 2015.

¿Alguna vez han oído hablar de profesores que mandan demasiados deberes a los alumnos? No es una noticia exacta: los deberes los mandan los políticos.

El enigma está aquí: organícese usted para seguir a rajatabla un plan de estudios inabarcable (lo de diseño curricular se lo dejamos a los partidarios de la neolengua de la LOGSE), con lecciones prolijas en datos, fechas y ejercicios, comentarios de texto, lecturas y películas recomendadas, exposiciones, debates en clase y un sinnúmero de actividades más.

Concilie después esta carga lectiva con programas de atención a la diversidad; preparación de reválidas, pruebas de ‘conocimientos y destrezas’ y exámenes de inglés; reuniones con mediadores en conflictos escolares, juntas de nivel, departamento y claustro, citas con padres y con el psicólogo del centro; festivales, días patronales, días internacionales, excursiones, viajes ‘de estudio’ y visitas a museos, casas natales y fábricas de cerveza; corrección de exámenes, redacción de absurdos informes para la administración e imponderables varios.

Si consigue usted dar una parte del temario, felicidades: queda acreditada su competencia como profesor y también que sin duda desempeña usted su oficio en España. Pero lo más probable es que le falte tiempo, porque los políticos, y algunos pedagogos afines, no han pensado en usted cuando idearon los mastodónticos planes de estudio que tan paupérrimo resultado dan —porque, a la postre, la cáscara es tan gruesa como ínfima la nuez— y que no han sacado a España de un lugar retrasado en los programas de evaluación de la OCDE.

Y entonces, como no le llega la hora de clase para impartir cuanto la administración le ha encomendado, pone usted ‘deberes para casa’. Así, además de que los alumnos se harten definitivamente de usted, conseguirá que se vayan habituando a las ajetreadas peculiaridades de la vida moderna: mucho estrés, angustiosa escasez de tiempo libre y presiones políticas por doquier.

(Facebook, 15 / mayo / 2015)

Pérez-Reverte, con los profesores

Entre los padres —no todos, afortunadamente— que luchan contra los profesores a fin de conseguir que sus hijos lleguen sin esfuerzo a la universidad y una administración educativa compuesta —muchas veces— por personas de designación política que deben justificar la existencia de sus cargos torturando a los profesores con controles y burocracia, la docencia está sometida a tanta tensión exógena que en España se hace realmente difícil dar clase con alegría. Por eso es de agradecer que un miembro de la Real Academia defienda a los profesores y diga que son «nuestra única salvación»… Como país, se entiende, porque es el país —la cultura, los valores, la historia— lo que se perpetúa a sí mismo a través de la educación; pero la educación es también salvífica en lo personal, porque contribuye al desarrollo de los alumnos y a la posibilidad de que sean libres y críticos.

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