¿Jugar a polis y cacos? No, mejor a dialogantes y cacos

Hace muchos años, dando clase en el País Vasco, recibí la silueta de una paloma dibujada en un papel: ETA acababa de matar a varios policías y viandantes y con ese simple dibujo se nos animaba a ‘reflexionar’ sobre ello… ¡en 2º de bachillerato!

Me pareció una tomadura de pelo: era tan ligero, tan banal, tan despreocupado el ‘gesto por la paz’ que aquella paloma, más que un estímulo para pensar, constituía un insulto a la inteligencia de alumnos ya en la última parte de su adolescencia y una broma lacerante sobre las personas asesinadas y por lo visto involucradas en un ‘proceso de paz’ del que habían sido inopinadas víctimas. De modo que saqué una revista publicada por el Foro de Ermua —la admirable asociación pacifista vasca— y reflexionamos en clase sobre algo más hondo y comprometido: el poema escrito por una madre cuyo hijo ertzaina había sido asesinado por terroristas.

12279019_10207097433331016_4492826013298184132_n

Ni en sueños contrataríamos a un candidato a la presidencia del gobierno que cree que hay que dialogar con los terroristas en vez de encarcelarlos.

Ahora, cuando veo cosas como ésta que un simpatizante de Podemos ha elogiado en Twitter, recuerdo aquella lejana experiencia vasca.

Los primeros manipuladores de la infancia, los campeones en privarla de su alegría convirtiendo a los niños en matarifes, son los terroristas. Y lo moral, lo educativamente válido, es formar la conciencia del niño a fin de que pueda distinguir lo bueno de lo malo, no dirigirla para que viva en un mundo irreal. Además, los niños lo entienden siempre muy bien: los malos van a la cárcel; el único que ‘dialoga’ con ellos es el juez; y los buenos lo son, entre otras cosas, por no matar ni ser perseguidos por la policía.

Se trata de una intuición moral básica, pero acertada. El resto son zarandajas y desatinos de políticos en Babia.

Anuncios

Entre yunque o martillo, se quedan con el martillo

12011382_10206779165774526_9001314756676403001_n

El extraordinario libro del historiador alemán Joachim Fest (Berlín, 1926—Kronberg, 2006).

Después de hablar a los alumnos del nazismo, algunos preguntan si no hubo alemanes que se opusieran a Hitler o defendieran a los judíos. Claro, algunos… poquísimos.

Cuando alguien es cruel en la historia, siempre hay grandes masas que o bien se ponen de perfil o bien colaboran con él. Debemos tenerlo en cuenta, porque los desmanes se repiten y, sometidos a la propaganda mediática, no siempre nos resulta fácil decidir cuándo debemos combatir lo que muchos consideran aceptable… sin serlo. Es decir, que a veces hay que precaverse de la influencia de las masas, demasiado domeñables por mandamases astutos.

¿Un par de ejemplos? Algunos dirigentes políticos españoles, con respecto a la dictadura venezolana (porque eso es lo que es y da lo mismo que Maduro haya sido elegido; Hitler también lo fue) o al yihadismo asesino («no hay que meterse en los asuntos internos de otros países», dicen), están manifestando esta misma actitud de no querer enterarse, de mirar hacia otro lado, de contextualizar exculpatoriamente las responsabilidades o repartirlas entre muchos.

Es la morralla de la historia, la falta de nobleza, la insolidaridad, el comportamiento  que acaba siendo obliterado con desprecio… porque preferimos el ejemplo moral de Sebastian Haffner, Oskar Schindler o Joachim Fest.

Pero es que es arriesgado decir ‘Yo no’ cuando las masas se ponen de parte de un movimiento totalitario y éste, por supuesto, goza de un poder casi inapelable. Una heroicidad, de hecho, en medio de una propaganda favorable a un partido que emerge con fuerza, controla los medios de comunicación y el sistema educativo y, mediante consignas y clichés populistas, logra primero extender y luego imponer su neolengua farfullera. No digamos ya si da un paso más y, aparte de violentar el lenguaje, emplea la violencia contra las personas: lo normal es que muchas queden paralizadas por el miedo.

En otras circunstancias quizá protestarían, se enfrentarían al poder dañino que condiciona sus vidas y la de sus conciudadanos. Convertidas en masa, vigiladas, amenazadas con represalias si ayudaran a quienes son tomados como chivos expiatorios, se reconcentran en su incierta cotidianidad y procuran pasar inadvertidas. Otras colaboran con el nuevo poder, convencidas de que no hay modo de neutralizarlo o incluso aceptando sus excesos más deletéreos. Es penoso, indigno, pero así es, así ha sido a menudo en la historia: el héroe lo es precisamente por su excepcionalidad.

Decaimiento del nivel político

11750614_10206301810440941_8925719541265852270_n

Águeda Bañón, atrevidísima, miccionando en la Gran Vía de Murcia. La expresiva imagen ha sido publicada por ‘Libertad Digital’.

El día en que se celebraba la bulliciosa fiesta del orgullo gay en Madrid, me encontré con un viejo compañero de instituto medio desnudo que además tomaba un combinado en mitad de la calle. Siempre fue educado, pero políticamente extremista. Seguía siéndolo, ahora como simpatizante de Podemos, partido en virtud de cuya adhesión dijo aceptar de buen grado ser considerado ‘radical’. También confesó que le encantaban los concejales recién elegidos para los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, es decir, que le encantaban los más zafios: el contador de chistes sobre las niñas mutiladas y asesinadas en Alcácer, la ‘feminazi’ que dice ser leninista, la activista ‘orinante’ y ‘postporno’ que será portavoz de Ada Colau, etc.

Yo puedo valorar toda crítica al poder como positiva. Nunca he aconsejado otra cosa a mis alumnos: que sean universalmente críticos, incluso consigo mismos. Pero la crítica basada en la ordinariez me interesa poco; primero, por infantil en el peor sentido, es decir, porque contar chistes idiotas y ‘épater le bourgeois’ con alusiones a la orina es propio de mentes sumamente inmaduras; segundo, porque es imposible ponerse a este nivel cuando se tienen estudios superiores.

La crítica al poder debe ser intelectual y fundamentada; lo otro es un exabrupto bastante previsible y en absoluto valiente: la prueba es que ni esos concejales ni las chifladas que enseñan los pechos a modo de reivindicación feminista se atreverían a importunar a los partidarios de la yihad con ningún comportamiento parecido al que se permiten en nuestra tolerante sociedad occidental.

No obstante, si éste va a ser el nivel de la política española a partir de ahora, creo que me voy a divertir mucho: sentiré que esta gente pretenda ‘debatir’ tan bajunamente, pero voy a exhibir a gusto mi capacidad para el mandoble dialéctico frente a semejante horda de iletrados.

Más información en: Ada Colau sale en defensa de Águeda Bañón diciendo que «está muy capacitada». Desde luego. http://www.libertaddigital.com/espana/2015-07-02/ada-colau-sale-en-defensa-de-su-meona-1276551987/

¿Cambio = Suerte?

cartel_tipo

Cartel de la manifestación convocada por Podemos el último día de enero de 2015.

A la palabra ‘cambio’ le ocurre lo mismo que a ‘progreso’: poseen un aura mitológica inevitablemente positiva; por eso hacen un uso extensivo de ella todos los partidos de izquierda. Para los conservadores que no pueden abogar por el cambio porque lo suyo, se supone, es sobre todo ‘conservar’, esta aura es políticamente desventajosa, porque todo el mundo entiende que se cambia ‘para mejor’, mientras que conservar es sólo conservar ‘lo malo’: puro reaccionarismo o resistencia a las bondades del cambio.

Aquí radica el mito: no es cierto que todo cambio sea favorable. A veces se cambia para empeorar: una manera de gobernar, la gestión de un banco, una situación social que era buena y deriva en guerra, etc. De todo esto hay tan abundantes ejemplos que resulta ocioso insistir en ello.

El deseo de cambio es legítimo porque cualquier realidad humana es perfectible y hay siempre muchas cosas que se pueden y se deben mejorar. Pero una cosa es cambiar y otra transformar la sociedad conforme a unos principios abstractos que demostraron su falsedad hace tiempo o fueron válidos en alguno, pero ya no lo son; es decir, la ingeniería social.

Todos los ingenieros sociales o, más exactamente, los políticos que manipulan a la sociedad dicen obrar en nombre del pueblo —por supuesto, acaban hundiéndolo y de esto hay también innumerables ejemplos evidentes—, pero su verdadero propósito es el poder, es decir: fundamentalmente dominar y apropiarse de los recursos económicos de un país en beneficio propio y de familiares, amigos y partidarios.

Y el resultado es siempre el mismo: la devastación moral y económica de las sociedades. Pienso en Rusia y sus gigantescas desigualdades sociales; en Venezuela, sumida en la ruina; en Cuba, Corea del Norte y todos los países sometidos al islamofascismo. Pero también en algunas regiones pésimamente gobernadas por los nacionalistas, donde el robo más descarado se une a una angelical defensa de la patria (chica) cuyo único fin es confundir a los ciudadanos para que piensen que los ladrones son, en realidad, como La libertad guiando al pueblo de Delacroix: un símbolo de ella… y no sus enterradores.

20120514-La-libertad-guiando-al-pueblo

Eugène Delacroix, ‘La libertad guiando al pueblo’.