Padres adolescentes

No hay que ir demasiado lejos. Los adolescentes están ahí mismo, por todo Internet, contando sus problemas, decepciones, gustos, deseos, ilusiones, penas y otros sentimientos sin la menor reserva. Y todo esto es fuente de inspiración para el que desea educar y ayudar ‘con conocimiento de causa’.

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Algunos adolescentes lo confiesan todo en Internet.

Totalmente de acuerdo: que los políticos dejen de poner deberes

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Imagen: ‘Rebelión de padres contra los deberes’, una de las noticias de portada en ‘El País’ del 15 de mayo de 2015.

¿Alguna vez han oído hablar de profesores que mandan demasiados deberes a los alumnos? No es una noticia exacta: los deberes los mandan los políticos.

El enigma está aquí: organícese usted para seguir a rajatabla un plan de estudios inabarcable (lo de diseño curricular se lo dejamos a los partidarios de la neolengua de la LOGSE), con lecciones prolijas en datos, fechas y ejercicios, comentarios de texto, lecturas y películas recomendadas, exposiciones, debates en clase y un sinnúmero de actividades más.

Concilie después esta carga lectiva con programas de atención a la diversidad; preparación de reválidas, pruebas de ‘conocimientos y destrezas’ y exámenes de inglés; reuniones con mediadores en conflictos escolares, juntas de nivel, departamento y claustro, citas con padres y con el psicólogo del centro; festivales, días patronales, días internacionales, excursiones, viajes ‘de estudio’ y visitas a museos, casas natales y fábricas de cerveza; corrección de exámenes, redacción de absurdos informes para la administración e imponderables varios.

Si consigue usted dar una parte del temario, felicidades: queda acreditada su competencia como profesor y también que sin duda desempeña usted su oficio en España. Pero lo más probable es que le falte tiempo, porque los políticos, y algunos pedagogos afines, no han pensado en usted cuando idearon los mastodónticos planes de estudio que tan paupérrimo resultado dan —porque, a la postre, la cáscara es tan gruesa como ínfima la nuez— y que no han sacado a España de un lugar retrasado en los programas de evaluación de la OCDE.

Y entonces, como no le llega la hora de clase para impartir cuanto la administración le ha encomendado, pone usted ‘deberes para casa’. Así, además de que los alumnos se harten definitivamente de usted, conseguirá que se vayan habituando a las ajetreadas peculiaridades de la vida moderna: mucho estrés, angustiosa escasez de tiempo libre y presiones políticas por doquier.

(Facebook, 15 / mayo / 2015)

‘Detectómetro’ de padres negligentes

Aplíquese en caso de reunión de tutoría con padres que defienden hasta lo irracional la conducta de su hijo…

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Un chiste muy cierto que circula por Internet.

Salvo en el caso de profesores arbitrarios —que los hay— o histriónicos —la docencia promueve a veces afanes de protagonismo indeseables—, es decir, salvo en el caso de profesores cuya conducta en clase es censurable, cuando un profesor es atacado por los padres de un alumno es porque ellos se sienten insatisfechos de su propia labor educativa.

Se trata, por lo tanto, de un modo de ‘compensar’ una negligencia o una falta de atención que, a su vez, puede deberse a diversos motivos: porque carecen de tiempo y llegan a casa cuando su hija adolescente ya se ha encerrado en la habitación; o porque dejaron a sus hijos a cargo de otras personas —como abuelos o personal doméstico— y ello es válido, pero no les ayuda a exonerarse de su sentimiento de culpa; o porque se han divorciado y se responsabilizan de las situaciones que sus hijos viven como consecuencia de un amor de pareja concluido; o porque tienen problemas relacionados con adicciones, o económicos, o sentimentales; o porque supieron cómo cuidar de un niño dócil, pero ahora no se las arreglan con un joven díscolo.

Y entonces… piden cita con el profesor de su hijo. La negligencia es moralmente perturbadora y luego está el niño, que pide respuestas: «¿Por qué no estás ahí cuando te necesito? ¿Por qué me dejas solo con la yaya? ¿Por qué os separasteis tú y mamá? ¿Por qué no me escuchas en vez de regalarme un teléfono móvil más caro? ¡Yo estoy suspendiendo para llamar tu atención!».

Todo esto es muy difícil de sobrellevar. La vida es dura; el tiempo, muchas veces escaso; las responsabilidades, demasiadas. Así que conviene satisfacer al niño. Una manera es desautorizar al profesor. Se entra en el despacho, se anonada al profesor, se ensalzan las cualidades y el rendimiento aún por demostrar del hijo y, si la presión cunde, el profesor cede y el niño aprueba. O el fraude se consuma y la felicidad vuelve al hogar. Un tanto para el padre o la madre que protestaron: padres 1, profesor 0.

Años más tarde, el consentido joven llega tórpidamente a la universidad: dado que carece de una formación académica aceptable, va causando interminables gastos familiares. «Por lo visto —explican sus padres a los vecinos—, el chaval no logra encontrar lo que le gusta». Encima, en la universidad no hay presión paterna que valga. Mala suerte. Pero pongamos que el joven es ya un adulto y comienza a trabajar. Acostumbrado a superar con trampa los obstáculos, es un adulto con un umbral de frustración bajísimo. Y, ganador en el pasado, va con ínfulas que le sirven de poco. «¿No te gusta —le espetan— trabajar aquí? Ahí tienes la puerta. Fuera esperan muchos.»

Si la escuela educa para la vida, hay que educar para la libertad, que tiene una contraparte: la responsabilidad. Quien fue librado de un mal trago —recibir un suspenso— por unos padres cuyo interés era embellecer su imagen en vez de lograr que su hijo aprobase justa y merecidamente, no estará nunca bien preparado para una vida que escatima el éxito incluso a los más laboriosos. Cuánto más a los que, sin el aval paterno —que tiene fecha de caducidad—, se sienten y están verdaderamente perdidos.

(Facebook, 8 / abril / 2015)