Constitución, 37 años

Hoy es el día de la Constitución española, un símbolo nacional que se encuentra entre los que no gustan a los responsables del sistema educativo vasco —lo dijeron esta semana—, porque es mejor celebrar el aniversario del nacimiento de Sabino Arana… seguramente.

Más por curiosidad que por importunar, se me ocurren sólo un par de preguntitas: ese sistema educativo, ¿sigue dependiendo de los impuestos de todos los ciudadanos o sólo de los vascos?; y otra, derivada de la anterior: ¿acaso unos funcionarios pertenecientes a la administración del Estado en una comunidad autónoma pueden arrogarse el derecho de extirpar de los planes de estudio lo que no conviene a sus muy particulares prejuicios ideológicos?

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Mural de un alumno andaluz ajeno a los prejuicios nacionalistas vascos sobre la Constitución de 1978.

En la imagen adjunta, admire el lector el sencillo mural de un alumno andaluz sobre la Constitución española de 1978. ¿Se lo permitirían a uno vasco? Y, por otra parte, ¿qué se impartirá en algunas comunidades autónomas cuando la asignatura sea ‘Valores Éticos y Constitucionales’?

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Educación desnacionalizante

Los escolares vascos no recibirán en clase ninguna información sobre los símbolos nacionales españoles (1), pero sí, por supuesto, sobre los símbolos nacionalistas vascos. Por eso no es casualidad que yo tenga un libro de filosofía en el que hasta las fotos son (todas) vascas. ¡Ni una de Grecia! Las editoriales educativas buscan vender; si para ello deben halagar los oídos de las autoridades políticas de cada comunidad autónoma poniendo por escrito lo que éstas desean propagar, no dudan en hacerlo.

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Tuit de Deia en el que se informa sobre los vetos impuestos a los educadores vascos.

Pero los inquisidores se quedan cortos: para completar el sectarismo, deberían omitir también toda mención a los ríos nacionales, las carreteras nacionales y los museos nacionales.

(1) Informa Deia de lo que el Departamento de Educación del gobierno vasco ha vetado y dice:

«El significado de los símbolos nacionales (el himno, el escudo y la bandera), el derecho a la seguridad, el reto de las nuevas amenazas, la misión de las Fuerzas Armadas y los compromisos que España tiene con los organismos internacionales para la seguridad y la paz» (‘Los escolares vascos no darán en clase los símbolos nacionales‘, crónica de Idoia Alonso, 5 diciembre 2015).

Cuánta desvergüenza hay en evitar que los escolares reciban información sobre las nuevas amenazas a la seguridad mientras, de boquilla, se dice ‘luchar’ contra el yihadismo. ¿Empezando por la escuela? Ya se ve que no. No interesa. Tampoco hablar de nada que suene a español (el himno, el escudo y la bandera), ni del ejército y sus misiones, ni de la paz internacional. Esto es el nacionalismo: depurada hipocresía, censura educativa, omisión de lo que nos une mientras se elogia lo que nos separa… Y una traición a los ciudadanos, a quienes se deja intelectualmente inermes frente a una de las más grandes depravaciones del siglo XXI: el terrorismo.

Sin presiones, el independentismo decae

Cuando la gente deja de ser oprimida por la violencia y la propaganda, empieza a verse el auténtico apoyo que son capaces de concitar algunas ideologías.

Y la falta de entusiasmo que, sin esos factores siniestros, genera el independentismo nos hace preguntarnos, además, si alguna vez se ajustaron a la realidad los resultados electorales en Euskadi.

O, dicho de otro modo: si los vascos hubieran podido votar liberados de la presión del miedo, ¿habrían ganado los mismos partidos?

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Tuit de Deia, periódico nacionalista vasco, en el que se reconoce que el independentismo decae. Lo que Deia no dice es el motivo.

Usos inadecuados de la libertad de expresión

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Abajo, a la izquierda, risueña satisfacción del presidente de la comunidad autónoma menos libre de España por los pitos al himno nacional antes de un partido de fútbol en Barcelona (la imagen es de ‘ABC’).

No tengo duda: hacer pitar miles de silbatos en un estadio de fútbol justo en el momento en que suena el himno nacional es una muestra de libertad de expresión (como lo sería, por ejemplo, quemar en una pira las banderas de las 17 comunidades autónomas: todo muy libre y expresivo); más o menos la misma libertad que se echa en falta en los colegios de la región española donde está ese estadio… sin que ello suscite, sin embargo, las valientes pitadas de las masas, siempre tan domeñables por mandamases astutos.

Es igualmente un modo sui generis de libertad de expresión llamar ‘panchitos’ a los latinoamericanos, ‘maricones’ a los homosexuales y ‘trileros’ a los gitanos. Además, desdramatizar mediante la risa el holocausto judío resulta simpatiquísimo, según algunos, que pese a sus mofas aspiran a no perder su posición y privilegios, como si entre los ciudadanos no hubiera judíos y otras personas que pudieran sentirse ofendidas por semejantes motivos de chanza. Finalmente, los chistes en Twitter sobre víctimas del terrorismo mutiladas o las tres niñas de Alcácer que en 1992 fueron primero secuestradas y luego violadas, torturadas y asesinadas, son también, por lo visto, divertidísimas exhibiciones de un sentido del humor no por negro menos elogiable como ‘non plus ultra’ de la libertad de expresión.

Perfecto. Pero voy a hacer dos observaciones a estos amigos de la hilaridad y el entretenimiento siempre a costa de la desgracia ajena: 1º) ¿Habéis sido gitanos, gays, judíos o víctimas mutiladas en un colegio donde vuestros compañeros de clase hacen esos mismos ‘chistes’?; y 2º) ¿Se os ha ocurrido meditar si todo lo que PUEDE expresarse DEBE expresarse? Lo pregunto porque, en una sociedad culta y civilizada, las antedichas son pésimas muestras de libertad de expresión; las más reprobables, de hecho, por ofensivas, hirientes y, precisamente, poco ‘ejemplares’, no digamos ya ejemplarizantes, es decir, sugeribles como modelo de conducta a miles de internautas y telespectadores.