El envidioso y la excelencia

Aunque la expresión ‘pecados capitales’ ha caído en desuso, todos recordamos que eran siete: gula, lujuria, avaricia, pereza, ira, soberbia y envidia. De todos, salvo de uno, se puede decir que producen cierto placer al que los comete; la excepción es la envidia.

El envidioso es un ser dominado por la insatisfacción y la tristeza, porque sólo con ver o imaginar a otro (el envidiado), ya sufre. Y sufre más por lo que el otro es que por lo que el otro tiene; éste es su drama: si sufriera por lo que el otro tiene, el asunto tendría remedio; pero cuando se envidia, se envidia sobre todo lo que el otro es, y esto convierte en imposible cualquier aspiración a la felicidad: nunca nadie podrá suplantar a otro.

La mera presencia del envidiado, y no lo que el envidiado tiene, resulta irritante para el envidioso, que no puede dejar de ver, como en un espejo, lo que a él mismo le falta: simpatía, carisma, liderazgo, facilidad de palabra o para hacer amigos, etc. Y hay que señalar que la mirada del envidioso es agudísima y normalmente certera: la virtud ajena que ve y envidia es real. Él la negará en público (‘Éste va de simpático, pero si yo te contara…’), mientras, privadamente, la pone en el altar que sin duda sabe que merece. El envidioso es, así, un gran admirador de la excelencia humana, que observa desde las sombras y cuya superioridad reconoce, aunque sea para flagelarse por carecer de ella.

Recordemos, por ejemplo, a Antonio Salieri (Legnago, 1750–Viena, 1825) y su relación con Mozart, tal y como se plasma en la película Amadeus (Miloš Forman, 1984)…

(Facebook, 21 / enero / 2015)

Marion Le Solliec, arpista en el campo

La música, como la poesía, transmite aspectos líricos de nuestra psique. Codificados en forma de notas musicales, recibimos una ola, un bosque, un atardecer, una mañana; o la tristeza, la gloria, el misticismo, la inocencia. Y todo está relacionado: la música, la poesía y la lira, que es el instrumento con el que se acompañaban antiguamente las composiciones literarias de carácter lírico.

Lo lírico tiene que ver con el yo y sus vivencias íntimas, con lo sentimental o los estados de ánimo. Y la poesía lírica es por eso una literatura del yo que ha tenido siempre como motivos de inspiración los más personales: el amor y su contraparte, la muerte; a veces el amor allende la muerte, máxima aspiración humana, y otras la muerte que pone fin definitivo o quizá no al amor, la gran preocupación también humana.

Frente al género épico, siempre social y basado en leyendas o historias, epopeyas de un héroe o cantares de gesta sobre sus hazañas, el lirismo exalta la subjetividad, la de cada uno, con sus elementos personales y únicos.

Contra la Ilustración, que fue la época de la razón científica, reaccionó el romanticismo, el movimiento por antonomasia de los sentimientos. Porque somos, ya lo dijo Zubiri en una de sus obras, ‘inteligencia sentiente’, es decir, ambas cosas razón y emoción, una composición de elementos inseparables.

Marion Le Solliec no toca la lira, sino un instrumento mayor: un arpa. Pero relajan igualmente su música y el romántico entorno donde la hace sonar.

Marion Le Solliec, ‘Adaptation on the harp of several songs from the Lord of the Rings’.

Maya Plisétskaya ‘in crescendo’

El pasado 2 de mayo murió Maya, la Майя Плисецкая de los rusos, judía de origen y española desde 1993, y lo hizo en Múnich (Alemania). Había nacido en Moscú en 1925, dice Wikipedia que bailó 800 veces al son de El lago de los cisnes —de su compatriota Chaikovski— y es también un hito para la historia de la danza su interpretación del Bolero de Ravel conforme a la coreografía de Maurice Béjart, que os dejo aquí como crescendo póstumo, ostinato como Maya y en homenaje a ella, la gran bailarina clásica, el cisne ahora muerto del ballet más alto. Quince minutos de pura excelencia humana.

Maya Plisétskaya y el Bolero de Ravel según la coreografía de Béjart.