Un energúmeno contra Rajoy

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Secuencia del vídeo de la agresión que ha publicado el Diario de Pontevedra.

Todo lo que los profesores intentamos hacer se viene abajo en días como hoy. El presidente del gobierno, agredido. Pero hay otras cosas que forman parte del mismo grupo de conductas: los parques, cada mañana, llenos de botellas de vodka y whisky vacías o estalladas; las salidas de las oficinas, franqueadas por ceniceros rebosantes; los asientos del metro, con el tapiz rajado; cualquier pared, pintarrajeada por grafiteros; el vocabulario, soez y bajuno.

A mí todo esto me deprime. Revela desprecio por las cosas comunes. También incontenida violencia y falta de respeto. Altanería propia de quien no sabe casi nada, pero va por el mundo ‘pisando fuerte’. Ignorancia. Estupidez. Incapacidad para dar a la vida un sentido noble.

Al contrario de lo que dijo Wert, el ex ministro de Educación, no se necesitan más clases de inglés ni de matemáticas. Se necesitan clases prácticas de urbanidad y buenos modales; y para los gamberros, condenas consistentes en labores sociales.

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Novela y contraejemplo

En Historias del Kronen, la novela con la que José Ángel Mañas fue finalista del premio Nadal en 1994, es tal la acumulación de situaciones degradantes, vocabulario soez, sexualidad deshumanizada y politoxicomanía que la lectura de estas historias acaba provocando un gran hartazgo… casi hasta el último capítulo, de un tono moralizante demasiado novedoso —o un punto contradictorio— y en el que nuestro sentido del gusto, hasta entonces estragado, descansa un poco.

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La novela de Mañas, reeditada por Destino a los 20 años de su primera publicación.

Pero en medio de la morralla y la superficialidad con las que se nos castiga, quizá haya un resto de valor: como si José Ángel Mañas quisiera convencernos de que nadie debería ser tan desalmado y egoísta como Carlos, el protagonista de su novela acaba enseñando a modo de contraejemplo, lo que no deja de ser una eficaz pedagogía.

En efecto, si bien esta novela —dicen que representativa de la Generación X— flojea en muchos párrafos y aburre con sus diálogos, es posible que acierte al menos en esto de enseñar mediante escarmiento. Un escarmiento en cabeza ajena —la nuestra—, puesto que se efectúa más sobre el lector espantado que sobre el protagonista, un redomado energúmeno no podemos decir que feliz… aunque sí aparentemente orgulloso de su aciago paso por este mundo; pero un escarmiento al fin, con toda la contundencia que puede deparar el hecho de toparse abruptamente con la realidad tras vivir una temporada en la psicodelia más tóxica.

No obstante, ¿hacía falta la basura que Mañas acumula para convencernos de que existen jóvenes tan híspidos y manipuladores como Carlos? Yo creo que no. Las visitas al retrete, por ejemplo, son de un realismo sucio que exaspera; y ya imaginamos —con esto nos basta— que el protagonista, por ser humano, exonera su vientre cuando le es preciso.

El dictador infantil

Un niño dictador no es sólo un niño caprichoso: es un niño infeliz. Dicta porque necesita algo; por lo general, cariño, cercanía, atención. A la vez, hay que armarse de paciencia y hacerle ver lo que el filósofo Julián Marías llamó ‘vigencia de los usos’: es decir, que existen los horarios, los modales y las formas de hablar, comportarse y vestirse adecuadas; que hay cosas que pueden hacerse y cosas que no a fin de vivir en sociedad. Y es necesario mostrar al niño estos usos, con toda la delicadeza posible, por supuesto sin violencia, pero también sin complejos. (Los padres que por un ‘liberalismo’ mal entendido no hacen esto, en realidad condenan a sus hijos a la ignorancia y al primitivismo de una naturaleza incapaz de hacerse a sí misma; la educación es necesaria, no una opción en el caso humano, para constituirnos como personas: sólo los perritos y las gallinas saben por instinto lo que deben hacer.)

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El libro del psicólogo Javier Urra que ha inspirado mi reflexión sobre la dictadura infantil.

Los pequeños monstruitos autosuficientes, los niños que pretenden a toda costa imponer su santa voluntad, muestran un modo de ser que les hará sufrir, porque tarde o temprano se darán cuenta de que su entorno cercano no acepta el chantaje —al contrario que sus padres— ni se somete a su capricho. Lo cual no significa que el niño no pueda ser creativo, socialmente innovador —como los artistas de todas las épocas— o deba plegarse sin más a las convenciones sociales, porque el apocamiento es tan malo como la dictadura. Cada niño tiene, desde su personalidad única, algo nuevo que aportar a este mundo y es básico no coartar esa originalidad: la normativización exagerada, la falta de libertad, las rutinas de las que no puede el niño salir, son contrarias a su necesidad de autonomía.

Y no hay maduración de la personalidad sin autonomía. Da igual lo que los padres crean: todos los niños acaban siendo adultos que deben hacer su vida por sí mismos. Entorpecer este proceso por miedo o sobreprotección no hace sino ralentizar lo que de todas formas habrá de llegar… ineludiblemente. Proteger no es evitar, sino formar criterio; es decir, no se trata de impedir que el niño sea autónomo, sino de prepararle mental y prácticamente para que, cuando lo sea, elija de un modo óptimo. Y todo esto, ¿hay que hablarlo? Sí, pero, sobre todo, mostrarlo: es la educación por el ejemplo, tan imponente siempre. No digo a mi hijo que lea: ¡leo yo!

Contra los ‘enfants terribles’ fingidos

La expresión francesa enfant terrible hace referencia, en los ámbitos del arte y la literatura, a los innovadores y heterodoxos, pero no sólo: también a quienes desean ‘épater le bourgeois’, impactar o desencajar al burgués, sacarle de sus casillas con obras en que se desprecian sus ideas y prejuicios.

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Quizá esta actitud sea tolerable en aquellas personas que poseen alguna genialidad o han trabajado toda su vida como bestias. Aunque nos caigan mal, somos capaces de distinguir y valorar a quienes poseen un sentido del humor fuera de lo común, o son cultos o inteligentes o laboriosos; o bien saben pintar, bailar o escribir mejor que la mayoría. En mi ya lejana universidad había algunos especímenes de este tipo: a menudo eran insoportables, pero cuando me enseñaban algo, yo suspiraba, me armaba de paciencia ante su inflado ego y me dejaba influir poniendo entre paréntesis sus defectos.

Pero luego hay el enfant terrible acomplejado, que es el que ‘va de’ iconoclasta, radical o procaz… porque su educación fue mojigata, poco liberal y prejuiciosa. Es decir, que se trata de una pose. Este sujeto pretende atacar al burgués para lavar su pasado. Como se siente en falta, tiene la necesidad de sobreactuar y dar la nota, no vaya a ser que alguien le descubra, pero sus atrevimientos son demasiado previsibles, monjiles y aburridos. Y es que quien no nació enfant terrible es difícil que lo parezca: basta con rascar un poco su superficie para que salga a la luz la verdadera, y no simulada, realidad, por lo general muy burguesa.

Se trata de un tipo humano que me parece digno de lástima, aunque hay que reconocer que los hay muy pesados. La pesadez procede de la falta de naturalidad: no pueden ser simplemente como son; antes de exponerse a ser descubiertos, necesitan retar a los demás para conjurar así posibles acusaciones.

Esta actitud es propia de políticos de alcurnia privilegiada luego comprometidos en partidos de izquierda, pero también de políticos de derecha que desean mimetizarse, camaleónicamente, con las ideas en boga, que para ellos son siempre las de izquierda. Ambos casos son patéticos para los que no sentimos la obligación de representar ningún papel, ni fingimos que nuestro origen familiar es diferente del que todo el mundo conoce o simplemente… detestamos las poses.

Usos inadecuados de la libertad de expresión

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Abajo, a la izquierda, risueña satisfacción del presidente de la comunidad autónoma menos libre de España por los pitos al himno nacional antes de un partido de fútbol en Barcelona (la imagen es de ‘ABC’).

No tengo duda: hacer pitar miles de silbatos en un estadio de fútbol justo en el momento en que suena el himno nacional es una muestra de libertad de expresión (como lo sería, por ejemplo, quemar en una pira las banderas de las 17 comunidades autónomas: todo muy libre y expresivo); más o menos la misma libertad que se echa en falta en los colegios de la región española donde está ese estadio… sin que ello suscite, sin embargo, las valientes pitadas de las masas, siempre tan domeñables por mandamases astutos.

Es igualmente un modo sui generis de libertad de expresión llamar ‘panchitos’ a los latinoamericanos, ‘maricones’ a los homosexuales y ‘trileros’ a los gitanos. Además, desdramatizar mediante la risa el holocausto judío resulta simpatiquísimo, según algunos, que pese a sus mofas aspiran a no perder su posición y privilegios, como si entre los ciudadanos no hubiera judíos y otras personas que pudieran sentirse ofendidas por semejantes motivos de chanza. Finalmente, los chistes en Twitter sobre víctimas del terrorismo mutiladas o las tres niñas de Alcácer que en 1992 fueron primero secuestradas y luego violadas, torturadas y asesinadas, son también, por lo visto, divertidísimas exhibiciones de un sentido del humor no por negro menos elogiable como ‘non plus ultra’ de la libertad de expresión.

Perfecto. Pero voy a hacer dos observaciones a estos amigos de la hilaridad y el entretenimiento siempre a costa de la desgracia ajena: 1º) ¿Habéis sido gitanos, gays, judíos o víctimas mutiladas en un colegio donde vuestros compañeros de clase hacen esos mismos ‘chistes’?; y 2º) ¿Se os ha ocurrido meditar si todo lo que PUEDE expresarse DEBE expresarse? Lo pregunto porque, en una sociedad culta y civilizada, las antedichas son pésimas muestras de libertad de expresión; las más reprobables, de hecho, por ofensivas, hirientes y, precisamente, poco ‘ejemplares’, no digamos ya ejemplarizantes, es decir, sugeribles como modelo de conducta a miles de internautas y telespectadores.

Decaimiento del nivel político

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Águeda Bañón, atrevidísima, miccionando en la Gran Vía de Murcia. La expresiva imagen ha sido publicada por ‘Libertad Digital’.

El día en que se celebraba la bulliciosa fiesta del orgullo gay en Madrid, me encontré con un viejo compañero de instituto medio desnudo que además tomaba un combinado en mitad de la calle. Siempre fue educado, pero políticamente extremista. Seguía siéndolo, ahora como simpatizante de Podemos, partido en virtud de cuya adhesión dijo aceptar de buen grado ser considerado ‘radical’. También confesó que le encantaban los concejales recién elegidos para los ayuntamientos de Madrid y Barcelona, es decir, que le encantaban los más zafios: el contador de chistes sobre las niñas mutiladas y asesinadas en Alcácer, la ‘feminazi’ que dice ser leninista, la activista ‘orinante’ y ‘postporno’ que será portavoz de Ada Colau, etc.

Yo puedo valorar toda crítica al poder como positiva. Nunca he aconsejado otra cosa a mis alumnos: que sean universalmente críticos, incluso consigo mismos. Pero la crítica basada en la ordinariez me interesa poco; primero, por infantil en el peor sentido, es decir, porque contar chistes idiotas y ‘épater le bourgeois’ con alusiones a la orina es propio de mentes sumamente inmaduras; segundo, porque es imposible ponerse a este nivel cuando se tienen estudios superiores.

La crítica al poder debe ser intelectual y fundamentada; lo otro es un exabrupto bastante previsible y en absoluto valiente: la prueba es que ni esos concejales ni las chifladas que enseñan los pechos a modo de reivindicación feminista se atreverían a importunar a los partidarios de la yihad con ningún comportamiento parecido al que se permiten en nuestra tolerante sociedad occidental.

No obstante, si éste va a ser el nivel de la política española a partir de ahora, creo que me voy a divertir mucho: sentiré que esta gente pretenda ‘debatir’ tan bajunamente, pero voy a exhibir a gusto mi capacidad para el mandoble dialéctico frente a semejante horda de iletrados.

Más información en: Ada Colau sale en defensa de Águeda Bañón diciendo que «está muy capacitada». Desde luego. http://www.libertaddigital.com/espana/2015-07-02/ada-colau-sale-en-defensa-de-su-meona-1276551987/

La hierba bien cortada, educadora

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Paraninfo de la facultad de Medicina de una gran universidad. Hemos venido a escuchar una conferencia sobre las peculiaridades de las carreras relacionadas con la sanidad. Durante el acto, mi grupo de alumnos mantiene una actitud de respetuosa atención. Es la actitud mayoritaria, pero no la única ni la más notoria, por desgracia.

Entre los alumnos, formando una minoría que se hace en seguida con la representación del resto, hay algunos dominados por el energumenismo: mascan chicle, hablan con voces altisonantes, colocan las rodillas sobre el respaldo del asiento que tienen delante e incluso beben Coca-Cola.

Este comportamiento parece responder a un descaro que disimula mal el engreimiento de unos jóvenes a los que se les ha contrariado muy poco. Son ignorantes, pero alardean de ello. Apenas saben nada, pero tampoco se dejan enseñar. Al contrario, han venido aquí a imponer su estilo, o mas bien la falta de él, y pretenden sentar cátedra ellos, que no la tienen frente a quienes han hecho, durante años, los méritos necesarios para obtenerla.

En efecto, cuando los catedráticos de Medicina, Farmacia y Biología salen a la tarima, estos alumnos no sólo no creen que deban levantarse, como se hace en nuestro colegio en señal de respeto sería pedirles demasiado, sino que hallan la ocasión para alborotarse incluso más con pataleos, risas y comentarios que resultan tan ofensivos hacia los profesores como demostrativos del nivel que puede alcanzar la jactancia de unos estudiantes sin decoro.

Es dicífil resistirse, pero sería peor contribuir al tumulto iniciando una discusión en la que, además estoy seguro, no se amedrentarían, porque la ignorancia es, como suele decirse, así: atrevida. De modo que los catedráticos van detallando los estudios que se imparten en esta universidad, las asignaturas características de cada grado, los requisitos de acceso a las facultades… mientras el ruido y las manifestaciones presuntamente jocosas se suceden.

Lo más fastidioso de este espectáculo de incivilidad es la exhibición de grosería feliz que tenemos que soportar los que no deseamos participar en la fiesta; una muestra típicamente zafia de lo que el filósofo Julián Marías llamaba chabacanería y que él definía como ‘la mediocridad satisfecha de sí misma’. En vez de entrar aquí como en un santuario del saber, es decir, con la conciencia clara de que lo es y el respeto y la humildad que el lugar requiere, irrumpir como un grupo caballar desbocado, hollando a gusto las mullidas alfombras, dando coces al mobiliario y profanando con relinchos destemplados la quietud de pasillos y bibliotecas.

Y luego está la falta de consideración hacia las personas, simplemente. Incordia tanto que dan ganas de espetar a cada uno de estos alumnos, pese a todo posibles médicos y farmacéuticos dentro de cinco o seis años lo que el rey de España al mandamás de Venezuela en 2007: «¿Por qué no te callas?». Es decir: ¿por qué no escuchas de una vez, deslenguado? ¿Por qué no cede tu cabeza a la benéfica presión de la cultura? ¿Por qué no te convences de la superioridad de los buenos modales sobre la ordinariez y la descortesía? ¿Es que no intuyes que estas personas saben más que tú? ¿No te das cuenta de lo mucho que tendrías que aprender de ellas si dejaras el chicle, la lata de Coca-Cola y tus risotadas de taberna? ¿Es que Tosca va a ser siempre en este país una actitud predominante y hasta ensalzada en los programas de televisión y no una ópera de Puccini? ¿Podremos algún día llamar Burda solamente a una revista alemana de patrones de moda y no a la irrupción en la universidad de unos jóvenes tan fatuos como desdeñosos?

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Salgo a tomar el aire. El bochornoso espectáculo del paraninfo ha terminado hastiándome. La universidad, aparte de preparar profesionalmente, debe fomentar modelos de excelencia humana y este papel es demasiado noble para verlo repudiado de un modo tan insolente. Pero no quiero ser pesimista: quizá ya es mucho lo que algunos catedráticos hacen al serenar e instruir a bachilleres como éstos hasta convertirlos en profesionales dignos de tal nombre y útiles para la sociedad.

Sumido en estas cavilaciones, busco un lugar en el campus donde esperar a otros alumnos que regresan ya de facultades diferentes. Por un momento dudo de si se trata verdaderamente de un campus o de un remedo de cactario, dada la cantidad de abrojos, cardos y otras plantas espinosas que acechan el descanso del inopinado visitante. Pero aún me espera otra sorpresa: al adoptar con precavido tiento una posición sedente en un claro de este campus punzante, casi vengo a posar mi mano derecha… ¡sobre un preservativo de reciente uso! Ni una noche ha debido de pasar desde que desempeñó su fricativa misión. Sobresaltado, doy un respingo que me impulsa a apoyarme sobre mi mano izquierda, a su vez en peligro tetánico, pues en este otro lado hay una lata de sardinas oxidada que a poco está de seccionarme el mollete carnoso que antecede al dedo pulgar.

No quisiera pasar por un remilgado que, harto de algarabías juveniles, se la coge con un papel de fumar a causa de un jardín poco versallesco. No me gusta la afectación ni soy exquisito en mis gustos. Pero… ¡un preservativo usado y una lata de sardinas más vieja que los pecios del Titanic! En fin, creo que hasta el más campechano de los profesores juzgaría estos hallazgos un tanto excesivos para el campus de una de las mayores universidades de España.

Pero, prescindiendo de cursilerías y formalidades burguesas, ¿cómo podría negar que la belleza vegetal me interesa? Y no sólo la silvestre, sino la que cabría esperar en un campus universitario: la humanizada en forma de jardines. Seguro que hay ecologistas a los que les parece aborrecible este sometimiento de las plantas a la mano del hombre; a mí, en cambio, me horroriza más la desidia que manifiesta un jardín descuidado. No pido, en torno a las facultades, un vergel de árboles frutales y plantas aromáticas; recoletos patios, tintineantes fuentes y un palmeral como el que bordea el Alcázar de Sevilla; tampoco diseños geométricos al estilo de los que dan justa fama a los jardines de La Granja de San Ildefonso. Ni siquiera se trata de eso, ya que que los setos, así ordenados, entorpecerían el paso de los estudiantes y los profesores, y los campus, aun contando con árboles y jaras, deben dar prioridad a las extensiones con césped; pero me parecen preferibles los setos a la maleza y la basura.

No me lo adelanten: en época de crisis económica, ya lo sé, no llega el presupuesto de la universidad para tales arreglos botánicos. Ciertamente. ¿Ni siquiera para cortar la hierba? Me parece dudoso. ¿Tampoco para limpiar el campus? Antes que por feo, esto debería evitarse por insalubre. ¿Habrá, pues, otros motivos, aparte de la austeridad que el gobierno ha impuesto a las instituciones públicas?

Se me ocurre uno que puedo exponer como colofón: no hay que dar por descontado el valor educativo del llano y modesto césped; en algunas universidades continúan sin darse cuenta de ello. Sí, la hierba segada también educa, porque transmite valores morales: orden, quietud, belleza, silencio, comedimiento, sencillez. Es decir, todo lo que hoy eché de menos en el paraninfo de la facultad de Medicina. ¡Y pensábamos que para educar en valores a los alumnos había que pronunciar serias disertaciones sobre el alma mater! ¡Quizá les hubiera bastado, al menos como proemio verde, con recorrer un campus limpio y bien cuidado antes de entrar!