Filosofía y adolescencia

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La filosofía es un camino a través de la maleza.

Hacemos filosofía, escribía Julián Marías, ‘para saber a qué atenernos’, para encontrar una clarificación de las cosas y, junto con ella, ciertas seguridades provisionales en medio del misterio de un mundo y de una naturaleza que se resisten a nuestros conceptos.

Esto asocia a la filosofía con la adolescencia, periodo por antonomasia de la duda; el que duda no sabe, o al menos no sabe con seguridad, pero tiene ya algo: no vive arrebatado por los hechos, confusos y pasajeros, sino que intuye que existe algo estable debajo de ellos, aunque no lo conozca. Y así, momentáneamente instalado en la duda, sabe que debe comenzar, como Descartes, a buscar bajo las apariencias el fundamento o la explicación de la realidad o, al menos, de ‘su’ realidad.

El adolescente que cae en la cuenta de su incertidumbre no está tan desorientado como el que se pierde en el maremágnum de las cosas. Tratar de dar con la clave del mundo es algo específico de toda búsqueda humana o racional, y esta búsqueda se inicia, precisamente, cuando uno sale de la inconsciencia infantil y se percata de que el mundo necesita ser explicado, de que el seno familiar era irrealmente consistente, y de que cada uno ha de encontrar por sí mismo la razón de su vida entre las múltiples solicitaciones del mundo.

Esto es ya una seguridad: la del yo que duda, precisamente. Quizá el adolescente no sepa ‘quod vitae sectabor iter’, como decía Ausonio, es decir, qué camino de la vida ha de seguir, y escuche alrededor los cantos de algunas sirenas embaucadoras sustancias tóxicas, riesgos innecesarios, noches demasiado largas, relaciones que hacen sufrir y amigos falsos como monedas que pasan de mano en mano, pero lo propio de la adolescencia es la paradójica seguridad de quien, como Sócrates, lo único que sabe es que nada sabe. Esta percatación, esta toma de conciencia del adolescente que se adentra inseguro y dubitativo en la vida, es común al empeño filosófico que consiste en ir desbrozando el camino para buscar una claridad entre las cosas, o un sentido —un orden, una línea de verdad a la que atenerse en medio del caos.

Desbrozar es, desde un punto de vista intelectual, limpiar y poner orden en lo confuso o lo caótico; ser adolescente es, desde el punto de vista vital, comenzar a estar en claro, hallar el sentido de la propia existencia, establecer jerarquías y preferencias; Holzwege decía Heidegger, es decir, un ‘camino en el bosque’, la senda que se hace para transitar por donde antes no era posible. Y el camino desbrozado, personal, humaniza la realidad porque le da un sentido, porque abre una dirección ‘por la que tirar’, como se dice coloquialmente en español: esto es lo que hacemos al vivir.

Cuando un adolescente comienza a saber lo que quiere hacer con su vida cuando se hace, por lo tanto, su ‘filosofía de vida’, se parece al filósofo que desvela una parte de la verdad del mundo.

(Facebook, 11 / julio / 2014)

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No todo hecho: mejor que algo cueste

Julie o Julia, la protagonista de Julia, la nueva Eloísa, novela epistolar de Jean–Jacques Rousseau publicada en 1761, dice algo así como: «Tengo motivos para estar contenta, pero estoy descontenta… Soy demasiado feliz y me aburro». Parece la declaración de un ocioso, o de un frívolo al que se le ha dado todo hecho y, a pesar de ello, tiene el atrevimiento de quejarse.

En Internet hemos encontrado un breve artículo en el que su autora explica la clave psíquica de quienes, con todo a su disposición para ser felices, sin embargo se aburren: no hay felicidad cuando uno lo recibe todo; es necesario sentir la necesidad (de cualquier cosa), ponernos a buscar y lograr la felicidad gracias a nuestro esfuerzo personal.

(Facebook, 19 / noviembre / 2013)

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Abuelos y felicidad infantil: la relación necesaria

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La relación con los abuelos añade valores extra a la educación de los niños.

Aunque sin llegar a admitir el grado de condicionamiento a posteriori que la teoría psicoanalítica concede a las experiencias infantiles, sabida es, desde Sigmund Freud, la relación que existe entre estas experiencias y el nivel de felicidad al que se aspira en la vida adulta.

En este contexto, la presencia de los abuelos, el trato habitual con ellos, ejerce un influjo benéfico en la maduración psicológica de los niños que es insustituible y que además ellos nunca olvidan.

Veamos un ejemplo de ello a través del poema ‘Mina’, de Luis Antonio de Villena (n. Madrid, 1951):

MINA

En las noches de la niñez antigua
–aquellos años cincuenta provincianos–
yo dormía siempre con mi abuela,
en una cama grande, de colchón blando
(vellones de lana que en verano vareaban)
y blandas almohadas con puntilla…
A mí me gustaba acurrucarme a su lado,
apretarme a su cuerpo querido
de vieja mujer de pelo largo y blanco,
soñando en cuevas gratas, en perdidos
lugares de aventura… Su benigno calor,
mi ignorancia del drama entorno,
mi absoluto aceptar cuanto existía
–aquel benigno calor de mi abuelita anciana–
es parte (extraña parte) de la felicidad
de barrio, mimo y sueños de tebeo
que fue mi reino pobre y abolido.
(Alcé un tiempo destinos de altura
y oro antiguo. Pero mi sitio está
y estuvo con quienes siempre pierden.
Resistiendo y lejos, como la abuela
trabajadora y elegante con la que dormía. (1)

(1) Luis Antonio de Villena, Las herejías privadas. Infancia y daño en un pequeño país oscurecido (1998–2001), Tusquets, Barcelona, p. 35.

(Facebook, 5 / enero / 2014)

Contra el acoso escolar

Una campaña impactante… que desde luego aplaudimos: Héroes anti–bullying. No más palabras asesinas. No más bullying.

¿Será posible, algún día, que todos los alumnos pasen por la niñez y la adolescencia sin ser maltratados? ¿O que las instituciones educativas sean del todo eficaces a la hora de reprimir a quienes acosan? Porque en esto no hay institución que se salve: los maltratadores están en colegios públicos y en colegios privados, en guarderías y en universidades, en el ejército y en los colegios mayores.

Y causan hartazgo: no sólo porque es intolerable que nadie sea maltratado, sino porque deterioran la convivencia e impiden que la docencia se desarrolle con la alegría necesaria.

(Facebook, 21 / junio / 2014)

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La selectividad como prueba de madurez

La selectividad, o prueba de acceso a la universidad, se llama también en España ‘prueba de madurez’.

Madurez, sí, porque no se trata sólo de comprobar los conocimientos que un alumno tiene, sino de que éstos sean expresados de un modo acorde con la edad adulta en la que, a los 17 años, el alumno está a punto de ingresar.

Esto quiere decir de un modo culto, con respeto a la ortografía y a la sintaxis, pero también meditado, estudiado y asimilado por él mismo gracias, sobre todo, a las clases recibidas, al tiempo dedicado a la lectura y a las conversaciones mantenidas con sus profesores y con otros estudiantes.

(Facebook, 14 / marzo / 2015)

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Un típico examen de selectividad.

Madurez = Filosofía de vida

El proceso de maduración de la personalidad consiste, básicamente, en crecer haciéndose una filosofía de vida. La vida es insegura, pero adquirir ciertas seguridades provisionales (aunque propias, insustituibles), sobre las que se afianzan las acciones y luego los hábitos, es lo característico de la persona que va adueñándose de sí misma y que por eso es libre y responsable.

La educación es en este proceso un asidero, un conjunto de sugerencias, una inspiración de pautas aceptables por haber sido ensayadas antes con éxito por otras personas. Los clásicos son esto: un modelo. Y se educa por emulación a modelos plausibles; para superarlos, claro está, pero tomándolos como base. Por eso una educación sin humanidades es desorientadora: carece de referencias hacia las cuales tender; y sin filosofía, además de desorientadora, se convierte en el instrumento de los que desean hacer dúctiles a las personas para llevarlas adonde demagógicamente les conviene sin que ellas —despojadas de pensamiento crítico, intelectualmente inermes— se den cuenta.

En fin, el sueño de muchos políticos: un asentimiento unánime y sin fisuras de mentes domesticadas; y una educación que esclaviza en vez de liberar.

(Facebook, 28 / marzo / 2015)

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