Novela y contraejemplo

En Historias del Kronen, la novela con la que José Ángel Mañas fue finalista del premio Nadal en 1994, es tal la acumulación de situaciones degradantes, vocabulario soez, sexualidad deshumanizada y politoxicomanía que la lectura de estas historias acaba provocando un gran hartazgo… casi hasta el último capítulo, de un tono moralizante demasiado novedoso —o un punto contradictorio— y en el que nuestro sentido del gusto, hasta entonces estragado, descansa un poco.

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La novela de Mañas, reeditada por Destino a los 20 años de su primera publicación.

Pero en medio de la morralla y la superficialidad con las que se nos castiga, quizá haya un resto de valor: como si José Ángel Mañas quisiera convencernos de que nadie debería ser tan desalmado y egoísta como Carlos, el protagonista de su novela acaba enseñando a modo de contraejemplo, lo que no deja de ser una eficaz pedagogía.

En efecto, si bien esta novela —dicen que representativa de la Generación X— flojea en muchos párrafos y aburre con sus diálogos, es posible que acierte al menos en esto de enseñar mediante escarmiento. Un escarmiento en cabeza ajena —la nuestra—, puesto que se efectúa más sobre el lector espantado que sobre el protagonista, un redomado energúmeno no podemos decir que feliz… aunque sí aparentemente orgulloso de su aciago paso por este mundo; pero un escarmiento al fin, con toda la contundencia que puede deparar el hecho de toparse abruptamente con la realidad tras vivir una temporada en la psicodelia más tóxica.

No obstante, ¿hacía falta la basura que Mañas acumula para convencernos de que existen jóvenes tan híspidos y manipuladores como Carlos? Yo creo que no. Las visitas al retrete, por ejemplo, son de un realismo sucio que exaspera; y ya imaginamos —con esto nos basta— que el protagonista, por ser humano, exonera su vientre cuando le es preciso.

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Vicisitudes de la edición en España

¿Nihil obstat? No será en este mundo imperfecto… ¡Tantas cosas han obstado siempre a la edición de los libros! ¡Hasta la Biblia fue ‘obstada’! Y, sin libros, el pensamiento crítico no es posible. (Hay otro peligro: la manipulación de las lecturas que con denuedo sin par practican todos los enemigos de la libertad de conciencia, de modo que la gente lea, pero sólo lo que algunos quieren.)

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Portada del libro de Jesús A. Martínez Martín publicado por la editorial Marcial Pons.

Reconoce Jesús A. Martínez Martín, el director de este libro, que «ahora se lee más», pero al mismo tiempo se lamenta porque «la lectura no deja ideas reposadas ni pensamiento crítico», lo que me parece una propuesta de reto a los educadores: azuzar las mentes de nuestros alumnos para que sean amantes de la lectura y meditadores críticos… hasta consigo mismos.

Lo ha dicho también recientemente el escritor y premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa en un tuit que me encantó… porque hablaba de este talante crítico y de la lectura como forma de prevención contra la mentira.

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Hemingway y los Sanfermines: una reflexión sobre la vitalidad de las calles españolas

Se opine lo que se opine sobre algunas fiestas españolas —y mi opinión es negativa cuando se obliga a intervenir en ellas a pobres animales exasperados—, son evidentes la energía vital y el entusiasmo callejero con que se manifiestan. Y esto, que no es tan habitual en otros países, además de guardar relación con el optimismo y la explotación de las potencialidades humanas, es una cualidad española que ha sido destacada por numerosos viajeros y escritores extranjeros, desde Próspero Mérimée a Théophile Gautier, Giacomo Casanova, George Orwell, Gerald Brenan, Richard Ford o Ernest Hemingway.

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La biografía de Hemingway que escribió el autor de ‘La naranja mecánica’.

Con ocasión de los Sanfermines que estos primeros días de julio se festejan en Pamplona, quizá sea oportuno recordar lo que atrajo precisamente a Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899–Ketchum, Idaho, 1961) a visitar nuestro país y conocer los encierros, según nos lo explica Anthony Burgess, uno de sus biógrafos y famoso autor, además, de la novela La naranja mecánica:

«Hemingway realizó su primera visita a España no para realizar ningún trabajo periodístico, sino porque sentía curiosidad; Iberia era el único territorio latino que no conocía. Se sintió impresionado por una corrida que vio en Madrid y llegó a convencerse de que las corridas de toros eran un ritual trágico más que un simple deporte sangriento. De regreso a París, Gertrude Stein le instó para que visitara Pamplona, en Navarra, durante las fiestas de San Fermín en julio. (…) Fueron a Pamplona, se sintieron fascinados, quedaron encantados. Había barrocas procesiones religiosas, se bebía hasta la embriaguez, se bailaba el ‘riau–riau’, estaba el matutino correr de los toros (…) a través de las empedradas calles (…) y los rientes y temerarios jóvenes pamplonicas corriendo delante de los astados. Hemingway se convirtió en aficionado in excelsis. Idolatró al torero Nicanor Villalta; si tenían un hijo lo iban a bautizar con el nombre de Nicanor Villalta Hemingway» (1).

(1) Anthony Burgess, Hemingway, Salvat, Barcelona, 1987, pp. 56–57.

Optimismo y enfermedad

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¿Descubriremos algún día un tema sobre el que Isaac Asimov (1920–1992) no escribiera nada?

Cuentos, novelas de ciencia ficción, libros de historia, ciencia y tecnología, electrónica, química, física, matemáticas, cosmología, paleontología, robótica, energía nuclear, una guía de la Biblia…

Y, además, Asimov tenía un gran sentido del humor, como demostró al publicar Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada (no existe tal compuesto), confianza en las posibilidades de la humanidad gracias a los progresos de la ciencia y un optimismo que no le abandonó nunca… pese a saber que padecía sida, una enfermedad que contrajo como consecuencia de una transfusión sanguínea y que le acompañó durante nueve años.

(Facebook, 7 / marzo / 2015)

Libros, esfuerzo, cultura y libertad

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La biblioteca de la Real Academia Española.

Una forma de salvación

La quejumbre sobre la presunta inutilidad de las humanidades… cansa, pero insistamos: no todo ha de ser técnica o físicamente útil; el provecho y el placer espirituales también existen. Y tampoco puede ser todo, en este mundo economicista, un negocio, como hiperbólicamente denunciaba Rafael Conte, escritor y crítico literario de ABC, en 1999:

«El fin de la literatura es crear belleza verbal para perfeccionarnos, para conocernos, hacernos mejores, más justos y más sabios. Lo demás es juego de sociedad, esto es, negocio, esto es, sangre y destrucción, injusticia, desorden y muerte. Pues la literatura no es como el amor más que la lucha contra la nada y la muerte» (1).

Una lucha salvífica que, además de liberarnos parcialmente de las ataduras de la naturaleza, contrarresta la proclividad uniformadora del Estado y las sociedades actuales.

En efecto, los libros liberan porque, al obligar a nuestra biología a dar de sí o desplegarse y darnos a conocer la verdad del mundo y del ser humano, nos sacan de nuestro confinamiento y nos ponen en la tesitura de crear y luego aumentar el repertorio de nuestras opciones posibles. Y esta liberación, si bien sólo mitiga nuestra dependencia de lo biológico y no acaba con los abusos del poder político ni con las restricciones de los convencionalismos sociales, al menos nos permite juzgarlos con un espíritu crítico. O, como dijo el escritor chino-francés Gao Xingjian, premio Nobel de Literatura en 2000:

«La literatura es una forma de salvación espiritual. Un modo de superar no sólo la política totalitaria, sino también el modo de vida actual» (2).

 

Eficacia de los libros

De modo que los libros nos hacen libres… y sobre todo nos hacen al comunicarnos una experiencia que vivimos de un modo vicario: vivimos, a través de la lectura, la vida de otras personas. Como la vida humana es temporalmente limitada, esto supone una dilatación imaginativa absolutamente necesaria para nuestro enriquecimiento personal, cultural y profesional. Y luego está, por su puesto, el placer de leer, derivado del interés por el arte de la palabra y que conlleva una de las más gratas experiencias estéticas para quienes gustan de la lectura.

Cultura y placer, conocimiento y gozo espiritual, pertrechos para la vida y amortiguación de su dureza por la vía del arte y del ocio, a fin de que sea más llevadera: los libros deparan todo esto. ¿Les dedicamos tiempo suficiente? Muchos se quejan de carecer de él en este mundo apresurado. El psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera, gran lector, decía:

Hay tiempo para leer. En los libros se encuentra el tesoro de las almas grandes del pasado. ¡Dios mío, que maravilla! Ahí está nuestra salvación. La cultura sublima al hombre (3).

 

Los libros como herencia

Ciertamente la literatura es un tesoro heredado, un valioso conjunto de realidades que enriquece nuestra personalidad, le da forma y la singulariza mezclándose con nuestro bagaje individual de una forma irrepetible. En este carácter irrepetible radica la causa de toda originalidad, pues ésta no surge ex nihilo sino que necesita de materiales previos: el genético es uno; la experiencia vital, otro; los libros, el tercero. Y llamamos ‘originales’ a quienes combinan estos elementos de un modo inesperado, nuevo y creativo dando lugar a una obra que a veces es también literaria, pero no siempre, porque se puede ser original como padre, deportista, científico o jardinero.

El logro de este tesoro no es fácil, hay que ganárselo; la lectura no es recepción pasiva: requiere de un esfuerzo a menudo notable. No basta, para leer, con sentarse y esperar: hay que prestar atención. Y luego hay que elaborar, en el teatro de nuestra imaginación, lo que antes escribió alguien para nosotros: la peripecia extraña de un hombre que amaneció convertido en insecto; una teoría sobre la imposibilidad de conocer simultáneamente la situación y la velocidad de una partícula; las vidas de Benvenuto Cellini, Teresa de Jesús o Jean-Jacques Rousseau; el sueño de un pastor bautista nacido en Atlanta o el agradecimiento de Helen Keller a su maestra; el drama de un seminarista fascinado por una joven viuda andaluza o el de un sacerdote sin fe en Valverde de Lucerna; el tamaño de una nariz como freno para una declaración de amor; la muerte en Venecia, el mundo rodeado en 80 días y una prodigiosa máquina del tiempo; los peligros que acechan a un niño en una isla en la que ha caído junto con otros, la importancia de la temperatura a la que arde el papel o las sofisticaciones de un mundo feliz; qué significa la expresión ‘cementerio marino’, cuáles son ‘las flores del mal’ y si hay un buen amor o puede el amor estar enamorado… ¿Habrá coraje para descubrir tanto mundo recreado con palabras? Se trata de un placer, pero fatigoso: ¿le dedicaremos tiempo? La escritora y periodista Ángeles Caso ha escrito:

Incluso los lemas que las instituciones buscan para tratar de animar a la lectura suelen decir que leer es un placer. Y sí, qué duda cabe, pero se trata de un placer de una índole muy distinta al botellón, el partido de fútbol o la comilona con los amigos. Un placer ligado al esfuerzo intelectual, a la comprensión profunda y empática y por ello mismo a menudo dolorosa del mundo, a la siempre incómoda pero extraordinaria libertad de la mente (4).

 

Los libros como esfuerzo

Un esfuerzo que lleva a comprender el mundo y una libertad que incomoda: tengámoslo en cuenta. El que lee no sólo comprende, sino que termina por adquirir conciencia crítica de sí mismo y de su entorno. ¿Hay otros efectos? El pedagogo catalán Emili Teixidor, autor de un libro de fomento de la lectura entre los niños, ha enumerado algunos:

«El libro contiene y produce otros beneficios secundarios, laterales, como son la información que aporta, la seducción de las tramas, el placer de la evasión, las experiencias que el lector vive a través de personajes interpuestos… incluso el aumento de la elocuencia» (5).

 

Los libros como lucro

Pero no todo es psicología desarrolllo de las potencialidades o filosofía liberación de la conciencia individual: la lectura va a ser, además, lucrativa, económicamente rentable para los profesionales del futuro. Lo ha dicho César Antonio Molina, director de la Casa del Lector y ex ministro del Cultura:

«En la sociedad en la que vivimos la lectura no sólo es eje de formación e información, sino factor clave para el progreso. Incluido el laboral y el económico. Sólo las sociedades que sepan obtener de la información cuanto ésta presenta de ventaja competitiva serán las que realmente lideren el crecimiento del futuro.

O somos una sociedad plenamente lectora, donde saber leer, querer leer y poder leer se conviertan en nuestro objetivo principal, o cualquier forma de progreso no será más que una aspiración fragilísima, un fraude o una pura quimera. Un reciente estudio, realizado en el Reino Unido por una de las más prestigiosas consultoras británicas, concluye que más de la mitad de las profesiones que surgirán en los próximos veinte años tendrán que ver con la capacidad para captar, interpretar, comprender, valorar y comunicar acervos informativos. Es decir, leer» (6).

En conclusión: los libros son un legado que, como aconsejaba Goethe refiriéndose a la herencia de los padres, cada uno debe volverse a ganar. Esto es costoso, pero el esfuerzo compensa: nos hace más cultos y más libres. Y ello nos interesa como personas, porque constituye los cimientos de nuestra conciencia crítica, pero también desde un punto de vista económico: el mundo venidero dará preeminencia a quienes dominen los bienes morales y culturales a cuya difusión han estado siempre destinados los libros.

(1) Rafael Conte, «Para que la literatura sobreviva», ABC Cultural, 20 noviembre 1999, p. 17.

(2) Gao Xingjian, «Ensayos parisinos», ABC de las Letras, 10 marzo 2007, pp. 26-27.

(3) Juan Antonio Vallejo-Nágera, «La salvación está en los libros, tesoro de las almas del pasado», entrevista de Trinidad de León-Sotelo, ABC, 15 marzo 1990, p. 81.

(4) Ángeles Caso, «El raro placer de leer», La Razón, 8 abril 2006, p. 9.

(5) Emili Teixidor, La lectura y la vida, cit. Teresa Rey, «La mejor gimnasia para potenciar el cerebro», Estar Bien, 163, abril 2013, p. 24.

(6) César Antonio Molina, «España: un país lector», ABC, 22 mayo 2013, p. 48.