Incoherencia: sobre la necesidad de no engañar a los niños

de-que-sirve-el-dinero-carteles-dinero-desmotivaciones

Pedimos a los niños que no valoren a los demás por lo que tienen, sino por lo que son, y nos parece bueno que compartan sus cosas con los que menos tienen.

Van al colegio y allí los maestros les enseñan valores (la amistad, la generosidad, el esfuerzo, la alegría, el respeto, la gratitud, la tolerancia) mediante entretenidas historias y cuentos. (Las aventuras de Geronimo Stilton no sólo son divertidas, sino que incluyen una moraleja; Juan Ramón Jiménez encandiló para siempre a los lectores con la bondad de Platero; El diario de Greg habla de las preocupaciones inherentes al hecho de dejar de ser niño; y Juan Salvador Gaviota es una fábula que da a los deseos de superación la relevancia que deben tener.)

Luego llegan a la adolescencia y los profesores de educación secundaria y bachillerato les hablan del amor en Fernando de Rojas, Espronceda y Bécquer, el honor en la obra de Calderón de la Barca, la justicia en la de Lope de Vega o la libertad en la de Cervantes; y comentan en clase El sí de las niñas (de Moratín), La tía Tula (de Unamuno) o Yerma (de García Lorca) y la relación de estas obras con el papel social de la mujer; o leen a Sócrates, quien dijo que «una vida sin reflexión no merece ser vivida»; o a Antonio Machado, para quien «todo necio confunde valor con precio»; o a Schopenhauer, que ironizó afirmando que «la riqueza se parece al agua de mar: cuanto más se bebe de ella, tanto más sediento se vuelve uno»; y son informados acerca de la espiritualidad de Manuel de Falla, el optimismo lírico de Jorge Guillén, la sobriedad de Velázquez, la autenticidad de Miguel Delibes o la exactitud coreográfica de Víctor Ullate, etc.

Pero, un día, los que fueron niños educados en estos valores presuntamente superiores llegan a la edad adulta y ¿con qué se encuentran? Lamentablemente, con que muchos valoran sobre todo qué marca de coche tienes, adónde has ido de vacaciones, si vas a cambiar próximamente de iPhone, cuánto has pagado por tus últimas gafas o tu peinado, qué lugares de moda frecuentas los fines de semana, qué te costó la despedida de soltero, el banquete de boda y el viaje de recién casados, cuánto ganas en tu trabajo, si vas al cine, a conciertos y al gimnasio, qué bebes cuando estás con tus amigos, si renuevas cada temporada tu ropa aunque la anterior siga impecable… Es decir, aparentar, aparentar y aparentar. Y adiós a los valores de la infancia.

Anuncios

Hemingway y los Sanfermines: una reflexión sobre la vitalidad de las calles españolas

Se opine lo que se opine sobre algunas fiestas españolas —y mi opinión es negativa cuando se obliga a intervenir en ellas a pobres animales exasperados—, son evidentes la energía vital y el entusiasmo callejero con que se manifiestan. Y esto, que no es tan habitual en otros países, además de guardar relación con el optimismo y la explotación de las potencialidades humanas, es una cualidad española que ha sido destacada por numerosos viajeros y escritores extranjeros, desde Próspero Mérimée a Théophile Gautier, Giacomo Casanova, George Orwell, Gerald Brenan, Richard Ford o Ernest Hemingway.

11701137_1017876168245336_1543954754261071178_n

La biografía de Hemingway que escribió el autor de ‘La naranja mecánica’.

Con ocasión de los Sanfermines que estos primeros días de julio se festejan en Pamplona, quizá sea oportuno recordar lo que atrajo precisamente a Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899–Ketchum, Idaho, 1961) a visitar nuestro país y conocer los encierros, según nos lo explica Anthony Burgess, uno de sus biógrafos y famoso autor, además, de la novela La naranja mecánica:

«Hemingway realizó su primera visita a España no para realizar ningún trabajo periodístico, sino porque sentía curiosidad; Iberia era el único territorio latino que no conocía. Se sintió impresionado por una corrida que vio en Madrid y llegó a convencerse de que las corridas de toros eran un ritual trágico más que un simple deporte sangriento. De regreso a París, Gertrude Stein le instó para que visitara Pamplona, en Navarra, durante las fiestas de San Fermín en julio. (…) Fueron a Pamplona, se sintieron fascinados, quedaron encantados. Había barrocas procesiones religiosas, se bebía hasta la embriaguez, se bailaba el ‘riau–riau’, estaba el matutino correr de los toros (…) a través de las empedradas calles (…) y los rientes y temerarios jóvenes pamplonicas corriendo delante de los astados. Hemingway se convirtió en aficionado in excelsis. Idolatró al torero Nicanor Villalta; si tenían un hijo lo iban a bautizar con el nombre de Nicanor Villalta Hemingway» (1).

(1) Anthony Burgess, Hemingway, Salvat, Barcelona, 1987, pp. 56–57.

La risa es un viento diabólico

No falla: no hay fanatismo bienhumorado; todos son, sin excepción, terriblemente adustos, promotores de la infelicidad por ausencia de alegría, tediosos. Rechazan el sentido del humor, censuran los espectáculos donde la gente se ríe y, si llegan al poder, prohíben la música, el baile y la fiesta. Les molesta el humor porque aspiran al sometimiento de las personas y el humor libera, pone en entredicho, rebaja la aburrida seriedad de sus delirantes tesis ideológicas.

Bien lo sabía Umberto Eco (n. Alessandria, Piamonte, 1932), el semiólogo italiano que en 1980 publicó El nombre de la rosa, novela que no es sólo el relato de la investigación de una serie de crímenes en plena Edad Media (invierno de 1327), sino básicamente una crítica tan feroz como justificada a la intolerancia religiosa.

10409128_861451077247075_4020493664312873091_n

Una edición popular del libro de Umberto Eco.

No es casual que el protagonista (junto con el novicio Adso de Melk) de esta novela se llame Guillermo de Baskerville, lo que inmediatamente trae a la memoria primero a Guillermo de Ockham, filósofo nominalista, opuesto a Santo Tomás de Aquino (el Doctor Angélico del catolicismo), y luego a Sherlock Holmes, investigador de las evidencias empíricas: contra los argumentos de autoridad, Eco quiso reivindicar el uso autónomo de la razón y la capacidad individual para disentir de lo aceptado como consecuencia de la presión social.

Y además fray Guillermo es franciscano, es decir, que pertenece a la orden de San Francisco de Asís, el protagonista de Las florecillas, el autor del Cántico del hermano Sol, el gran santo de la fe espontánea no teórica, no doctrinaria, sencilla ajena al boato y naturalmente alegre como la risafrente a la fría rigidez de los dogmas…

Una escena de El nombre de la rosa (Jean–Jacques Annaud, 1986).

(Facebook, 2 / marzo / 2015)

Optimismo y enfermedad

11056059_948444261855194_1472866396783565196_n

¿Descubriremos algún día un tema sobre el que Isaac Asimov (1920–1992) no escribiera nada?

Cuentos, novelas de ciencia ficción, libros de historia, ciencia y tecnología, electrónica, química, física, matemáticas, cosmología, paleontología, robótica, energía nuclear, una guía de la Biblia…

Y, además, Asimov tenía un gran sentido del humor, como demostró al publicar Las propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada (no existe tal compuesto), confianza en las posibilidades de la humanidad gracias a los progresos de la ciencia y un optimismo que no le abandonó nunca… pese a saber que padecía sida, una enfermedad que contrajo como consecuencia de una transfusión sanguínea y que le acompañó durante nueve años.

(Facebook, 7 / marzo / 2015)

Un clásico de la literatura juvenil

ScreenShot

Dos páginas del libro en el que tan importante es el Áuryn.

Hagamos como los simpáticos creadores de la página Yo Fui a EGB y digamos, por ejemplo: «Seguro que reconocéis estas páginas verdes y rojas de un libro que nos encantó a los 15 años y cuyos protagonistas eran Atreyu y Bastián Baltasar Bux …».

Otra pista: de su autor, Michael Ende (1929-1995), ¿como no recordar también Momo?

(Facebook, 9 / julio / 2014)