El cuento de Karen Blixen

¿Se duermen los niños todavía tras escuchar un cuento? La función del cuento es lingüística, pues enseña a los niños la estructura de un idioma y su vocabulario, y es también imaginativa: a través de él, el niño vive vicariamente las experiencias de otras personas. Y este trasladarse a otras vidas amplía la suya y la enriquece.

En los adultos, la función es similar: a través de la literatura, como a través del cine, se vive lo que de otro modo quizá no se vivirá nunca; imaginariamente se está en otro país, se es otra persona, se piensa de otro modo, se viaja a un futuro distópico o a un pasado lejano. Los libros fomentan así la tolerancia.

Leemos, por lo tanto, no sólo por un interés cultural, sino para ser más, para tener más realidad: el desarrollo de nuestra personalidad depende de ello. También por el placer estético que las palabras bien escritas producen.

A Karen Blixen (Rungsted, Dinamarca, 1885–ibídem, 1962), Isak Dinesen para la historia de la literatura, la autora de Memorias de África, Vengadoras angelicales y Cuentos de invierno, le gustaba inventar historias… y podía hacerlo de repente, sin preparar nada, cuando se le proponía el reto.

Escena de Memorias de África (Sydney Pollack, 1995).

Tiroteo en la ciudad de Kierkegaard

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Portada del diario danés ‘B.T.’

El fanatismo islamista ha vuelto a atentar (1) contra la libertad de expresión y la vida de las personas.

Primero fue en Nueva York (septiembre de 2001), luego en Moscú y Bali (octubre de 2002), Madrid (marzo de 2004), Beslán (septiembre de 2004), Ámsterdam (noviembre de 2004), Londres (julio de 2005), otra vez Moscú (marzo 2010), Estocolmo (diciembre de 2010), Fráncfort (marzo de 2011), Toulouse (marzo de 2012), Boston (abril de 2013), Ottawa (octubre de 2014), Sídney y Peshawar (diciembre de 2014), París (enero de 2015), y ahora en Copenhague. A éstos hay que añadir los muchos actos terroristas cometidos durante los últimos quince años en Israel, Arabia, Marruecos, Yemen, Sudán, Irak, Nigeria, Filipinas, la India y otros países.

La lista es casi interminable y, desgraciadamente, cabe suponer que sigue inconclusa. Y aunque hay un trasfondo religioso cuya revisión debería corresponder a los propios partidarios del islam, es cierto que los terroristas dan a esta religión una interpretación histérica y asesina que no puede justificarse por el Corán y que la mayoría de los musulmanes rechaza.

Dando por descontado este rechazo, sería muy necesaria una Ilustración en el islam capaz de permitir que algunos librepensadores, mediante el uso autónomo de la razón un uso no meramente tolerado, sino hasta fomentado como deseaba Kant, hicieran compatible la fe en Alá y su profeta Mahoma con la libertad de conciencia, la pluralidad de opiniones y el laicismo propios del siglo XXI.

Y, por otra parte, en Europa deberían tenerse menos remilgos a la hora de combatir lo que no es fe, sino fervor por el asesinato y ganas de someter al prójimo cuando cualquier fanático considera que alguien no tiene derecho a ser infiel, ateo, cristiano o lo que su conciencia le dicte.

(1) El domingo, 15 de febrero de 2015.