Padres adolescentes

No hay que ir demasiado lejos. Los adolescentes están ahí mismo, por todo Internet, contando sus problemas, decepciones, gustos, deseos, ilusiones, penas y otros sentimientos sin la menor reserva. Y todo esto es fuente de inspiración para el que desea educar y ayudar ‘con conocimiento de causa’.

ScreenShot

Algunos adolescentes lo confiesan todo en Internet.

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El caso del homicida de la ballesta

Ganas de matar: extrañas ganas.

¿Un alumno afectado por un brote psicótico? Habrá que ver lo que dicen los psiquiatras, pero, de momento, ¿no es imprudente que los medios de comunicación den ideas difundiendo sus métodos?

Ésta es parte de la portada de El Mundo de hoy mismo, con una frase dicha por el alumno que ayer mató a un profesor e hirió a varias personas en un instituto público Joan Fuster de Barcelona; parece la declaración de un perturbado y quizá lo sea.

Televisión Española añade en su página web un dato destinado a avalar la tesis de la psicopatía: «Compañeros del presunto agresor han explicado que el joven había repetido en varias ocasiones la semana pasada que iba a matar a todos los profesores y luego se iba a suicidar».

Junto con esto, varios medios de comunicación han revelado dónde se puede conseguir información sobre cómo fabricar una ballesta casera, lo que podría inspirar a otros estudiantes, conocedores ahora de las instrucciones necesarias para fabricar artilugios que matan.

De hecho, en Twitter pueden leerse ya algunos testimonios de alumnos también aficionados al bricolaje violento. Con una sorna no exenta de descaro, uno de ellos escribe: «Pues yo tengo una ballesta en mi casa y ganas de matar profesores no me faltan, pero soy demasiado vago».

(Facebook, 21 / abril / 2015)

Filosofía y adolescencia

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La filosofía es un camino a través de la maleza.

Hacemos filosofía, escribía Julián Marías, ‘para saber a qué atenernos’, para encontrar una clarificación de las cosas y, junto con ella, ciertas seguridades provisionales en medio del misterio de un mundo y de una naturaleza que se resisten a nuestros conceptos.

Esto asocia a la filosofía con la adolescencia, periodo por antonomasia de la duda; el que duda no sabe, o al menos no sabe con seguridad, pero tiene ya algo: no vive arrebatado por los hechos, confusos y pasajeros, sino que intuye que existe algo estable debajo de ellos, aunque no lo conozca. Y así, momentáneamente instalado en la duda, sabe que debe comenzar, como Descartes, a buscar bajo las apariencias el fundamento o la explicación de la realidad o, al menos, de ‘su’ realidad.

El adolescente que cae en la cuenta de su incertidumbre no está tan desorientado como el que se pierde en el maremágnum de las cosas. Tratar de dar con la clave del mundo es algo específico de toda búsqueda humana o racional, y esta búsqueda se inicia, precisamente, cuando uno sale de la inconsciencia infantil y se percata de que el mundo necesita ser explicado, de que el seno familiar era irrealmente consistente, y de que cada uno ha de encontrar por sí mismo la razón de su vida entre las múltiples solicitaciones del mundo.

Esto es ya una seguridad: la del yo que duda, precisamente. Quizá el adolescente no sepa ‘quod vitae sectabor iter’, como decía Ausonio, es decir, qué camino de la vida ha de seguir, y escuche alrededor los cantos de algunas sirenas embaucadoras sustancias tóxicas, riesgos innecesarios, noches demasiado largas, relaciones que hacen sufrir y amigos falsos como monedas que pasan de mano en mano, pero lo propio de la adolescencia es la paradójica seguridad de quien, como Sócrates, lo único que sabe es que nada sabe. Esta percatación, esta toma de conciencia del adolescente que se adentra inseguro y dubitativo en la vida, es común al empeño filosófico que consiste en ir desbrozando el camino para buscar una claridad entre las cosas, o un sentido —un orden, una línea de verdad a la que atenerse en medio del caos.

Desbrozar es, desde un punto de vista intelectual, limpiar y poner orden en lo confuso o lo caótico; ser adolescente es, desde el punto de vista vital, comenzar a estar en claro, hallar el sentido de la propia existencia, establecer jerarquías y preferencias; Holzwege decía Heidegger, es decir, un ‘camino en el bosque’, la senda que se hace para transitar por donde antes no era posible. Y el camino desbrozado, personal, humaniza la realidad porque le da un sentido, porque abre una dirección ‘por la que tirar’, como se dice coloquialmente en español: esto es lo que hacemos al vivir.

Cuando un adolescente comienza a saber lo que quiere hacer con su vida cuando se hace, por lo tanto, su ‘filosofía de vida’, se parece al filósofo que desvela una parte de la verdad del mundo.

(Facebook, 11 / julio / 2014)

Adolescencia y fanatismo

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Una impactante portada de ‘ABC’.

¿Qué puede buscar un adolescente al ingresar en un grupo terrorista o fanático?

Por una parte, lo mismo que un adulto: sentirse partícipe de una causa presuntamente noble, integrarse en un grupo que lo acoge y del que recibe apoyo, intensidad de vida, respuestas a la pregunta por su sentido… aunque todo ello le lleve a la muerte —de repente considerada como un símbolo de que Dios le cuenta entre los héroes destinados al paraíso—, al asesinato —que pasa a parecerle un mérito—, o a ambos fatales desenlaces.

Lo privativo del adolescente es su inmadurez, y por lo tanto su desorientación y su ausencia de valores fuertemente arraigados, pues adherirse a ellos requiere de tiempo y pruebas: aquéllas a las que nos somete la vida y que certifican la sinceridad con la que hemos adoptado esos valores. Esta situación psicológica hace al adolescente vulnerable a la manipulación. Su fanatismo es casi siempre inducido, una idea recibida de algunos adultos que suelen saber muy bien lo que hacen y por qué manipulan; lo único que él añade es la polarización de los extremos opuestos.

En efecto, es sabido que los adolescentes tienden al blanco o al negro. Ello se debe a que así funciona el cerebro humano antes de la edad adulta, pero también a la falta de experiencia, pues es ésta la que aporta matices, colores intermedios, ponderación o equilibrio a nuestras ideas. El darse de bruces con la realidad, según se avanza en la vida, obliga al reajuste; también una influencia educativa correcta. Alguien puede pensar que es loable matar por defender la creencia en un ser divino, pero la atrocidad de tal pensamiento es sólo teórica cuando uno es adolescente; por eso puede parecer tan aceptable como cualquier otro, aunque no lo sea: el adolescente, en su extremosidad, carece de jerarquías y gravedades morales bien perfiladas; se las dará la vida, juntamente con la educación. En cambio, el fanatismo las distorsiona.

Todo esto, acompañado por una parafernalia excitante y por una ideología que le hagan sentirse único, especial o elegido, es capaz de alagar al adolescente, tan necesitado de aprobación exterior, hasta el punto de convertirle en un ser maleable o incluso en un soldado que se envía a un país inhóspito a guerrear y poner bombas. En su idealismo, él creerá que lo hace por su bien y el de otras personas. Sólo algunos expertos en el lavado de cerebro sabrán —pero no se lo dirán— cuán lejos está ese presunto bien de lo que una persona en sus cabales consideraría moralmente bueno.

(Facebook, 7 / abril / 2015)