De la admiración a la envidia

El envidioso admira siempre; disimulándolo, pero admira. Y lo disimula porque en el envidiado observa lo que él no tiene, y esto le pesa.

Jamás lo reconocería, al contrario: suele infravalorar públicamente las cualidades del envidiado que en privado le gustan. Como una carcoma lúcida, roe la imagen de la persona envidiada descubriendo a los demás sus presuntas faltas, los defectos de ese prójimo que otros ven también admirable… a fin de que se sumen al desprestigio así fomentado. La fórmula suele ser ésta: «Si yo te contara…» Y no lo puede evitar: el envidioso acaba contando. Necesita hacerlo como para bajar a las estatuas de su pedestal. El mérito le resulta molesto.ScreenShot

En la película Mujer blanca soltera busca (Barbet Schroeder, 1992), la desenvuelta Alison Jones acoge en su casa a una muy taciturna Hedra Carlson. Esta compañera de piso hace algo más que envidiar: imita a su casera. Primero el pelo, luego sus vestidos, hasta que finalmente interfiere también en la relación de Alison con su novio. Hedra es una compañía tóxica: no sabe admirar sin destruir.

Un psicólogo me decía hace poco: no desahuciemos a las personas en razón de su ‘toxicidad’, no seamos ‘esencialistas’: nadie es tóxico ‘por naturaleza’ y todos podemos cambiar. Así es… Sin embargo, mientras una persona sale de esta situación emocionalmente negativa, suele ser difícil de tratar y mantener una prudente distancia (esperanzada en el cambio, pero suficiente para que no resultemos dañados) es probablemente lo mejor que podemos hacer.

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