Colegios católicos no practicantes

El talante emprendedor es, básicamente, un ojo avizor: consiste en detectar posibles rentabilidades. Y no hay nada que escape a su deseo de provecho; si alguien lo duda, que acuda a Fátima o a Lourdes, donde la religión es al menos tan evidente como el lucro que se obtiene de ella. (Luego veremos que este ejemplo no se propone al desgaire: lo religioso no espanta a quienes, en busca de billetes, olfatean incluso detrás las efigies de Dios y los retablos.)

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Hasta aquí, nada que censurar: gracias al empresario, hay creación de riqueza, puestos de trabajo y explotación de la creatividad. La empresa es una expresión de la libertad humana y allí donde esta expresión no se permite sobreviene en seguida una inevitable decadencia.

Pero luego hay, grosso modo, dos tipos de empresarios: aquéllos que aman el emprendimiento y a menudo se han hecho a sí mismos desarrollando diferentes ideas hasta convertirlas en negocios rentables, y aquéllos que, desprovistos de ese amor, ansían sobre todo ganar dinero. El primer grupo, constituido por los empresarios de raza, no descarta, como es obvio, obtener beneficio de lo que hace, pero vive fundamentalmente ilusionado por lo que hace; en el segundo, en cambio, abundan los advenedizos: sin ideas propias, se sumaron un día al esfuerzo emprendedor de otros, lo que no puede reprobarse salvo cuando el lucro obsesiona a alguien hasta hacerle incurrir en el desprecio por los demás.

Hay una avilantez poco disimulable en quienes, más que idear proyectos empresariales talentosos, andan al acecho de empresarios cuya prosperidad pueda serles lucrativa. Se advierte rápidamente su prisa por adherirse parasitariamente al tronco del que extraer savia más que contribuir a que éste siga creciendo. El empresario nato suele ser humilde, sobre todo si levantó su empresa ex nihilo o trabajó en ella como un empleado más; entre las personas que llegan después, sin embargo, hay quienes se permiten, con tan escasa inteligencia como falta de respeto, soslayar ese esfuerzo, si bien aspiran a disfrutar ampliamente de sus consecuencias, no infrecuentemente asociándose, y a veces también amancebándose, con quienes lo han desarrollado.

Imaginemos, pues, a un empresario del sector educativo. ¿Desea ganar dinero? Evidentemente, y ello es lícito. Pero imaginemos también a un socio codicioso anhelando sacar provecho de lo que a este empresario le reporta primariamente una satisfacción personal. El primero ve dinero donde el segundo ve ideas transformadas en dinero: no es una diferencia sutil, sino gruesa. Desde el punto de vista escolar, ello significa, sencillamente, que uno ve padres de familia con forma de talonario, y el otro, alumnos que educar. Cuando la visión de la realidad es filtrada por el prisma de un lucro sin matices, lo personal se esfuma, porque se hace sacrificio de todo lo que no repercute favorablemente en la cuenta de beneficios. Es el gran reproche de muchos al capitalismo y hay que decir que, por desgracia, no les falta razón: en un colegio, por ejemplo, donde todo se supedite al dinero, hasta los profesores se convertirán en instrumentos y los alumnos en mercancías.

Hay que pensar mucho para que un negocio no decaiga, pero el empresario con vocación goza imaginando soluciones nuevas; en los advenedizos se observa, por el contrario, una antipática obsesión, una impaciencia ante cualquier forma de creatividad que no resulte económicamente beneficiosa. A los pobres de espíritu les sacian —siempre malamente— el dinero y las cosas que pueden comprarse con él, no los placeres psicológicos… Por eso insisten en ajustar cuentas y apurar existencias; abaratar costes y abreviar periodos de vacación; estipular sueldos a la baja y vigilar, mediante insidiosas, aparentemente inofensivas llamadas de teléfono, convalecencias que se alargan demasiado. Complaciente, el empresario poco remirado transige a los deseos de su socio, porque la búsqueda de rentabilidad de éste puede ser tosca pero a él le permite mantener sus ideales, aquello que quiso hacer realidad cuando decidió emprender.

¿Hasta dónde puede llegar el deseo de lucro? En las personas sin escrúpulos morales, no hay límite. Así, planteada un día la posibilidad de convertir la religión en un marchamo, accederán gustosas. ¿Vende proclamar que somos un colegio con un ideario católico? Hágase. Subámoslo al frontispicio hoy constituido por nuestro portal en Internet; hablemos de ello en nuestros documentos; y destaquemos, dentro de la programación escolar, días patronales y fiestas de guardar, miércoles de ceniza y misas de fin de curso, oraciones antes de la primera clase matinal y rezos del rosario durante el mes de mayo.

Todo, por supuesto, sin acritud. Somos católicos, sí, pero no estridentes: oposición al aborto, al divorcio o a los anticonceptivos, doctrina social de la Iglesia y ecologismo son causas que debemos considerar ajenas, estandartes que no podemos enarbolar. Aquí de lo que se trata es de vender un catolicismo suave, limado, contrariando incluso al Papa si es necesario. Un catolicismo acomodado a los usos burgueses de quienes pagan nuestros servicios educativos. No vamos a ser, en efecto, «más papistas que el Papa»—aun cuando quien dice esto no haya sido papista en su vida y sea una persona opuesta, en su quehacer diario, a cualquier valor religioso—; de cuanto la Iglesia enseña, la consigna será elegir sólo aquello que nos convenga; es decir, lo óptimo para nuestro bolsillo.

Misas sí, por lo tanto, ya que incluyen mensajes aleccionadores que podemos utilizar como propaganda en las reuniones con los padres de familia; pero la responsabilidad social del empresario es una desviación marxista del papado actual.

Romerías y visitas a santuarios, por supuesto, ya que ello nos exterioriza como católicos devotos; pero el cumplimiento de las condiciones laborales pactadas y el desarrollo personal de los trabajadores son harinas de otro costal, cuestiones que no cabe considerar católicamente.

Loas y rezos a la Virgen María en mayo, cómo no, es nuestra Madre del cielo; pero sin sacar delicadas consecuencias morales de ello ni asistir a manifestaciones contra la evitación de la maternidad mediante el aborto: esto es una cuestión peliaguda, desagradable, y a nosotros nos interesan los derechos de la mujer, hay cosas que no pueden decirse en esta sociedad permisiva, etc.

Respeto a los valores cristianos —«incluidos, como sabéis, en nuestro ideario»—, sin duda; pero un respeto compatible con alevosos despidos, burocráticos camelos, viles desprecios, humillantes adulaciones, falsedades por doquier, públicas reconvenciones, gritos no ocasionales, doble vara de medir según se trate de acólitos o disidentes, premios, por lo tanto, a quienes se muestren sumisos y coacciones a quienes disientan, más toda la gama de lo ignominioso.

¿Excelencia? A ella aspiramos, «os lo dijimos en la inauguración del curso»; pero no que luego hemos encumbrado a los más mediocres y valorado el mal ejemplo de los envidiosos; que llamamos a dirigir a quienes sabíamos poderosos por su dinero y preterimos a quien tenía talento pero no pagaba; que pleiteamos contra los que nos exigieron una indemnización justa y contemporizamos con los que, siendo injustos, nos apoyaron; que ha habido trampas, ineficacias, traiciones pasadas por alto, a veces incluso recompensadas con cargos y aumentos de suelto.

¿Preferencia por lo mejor? ¿Meritocracia? «Es nuestra forma de gobernar»… de cara a la galería; porque detrás ha reinado la vulgaridad, el ensalzamiento de quienes no han exhibido nunca un ápice de inteligencia —pero sí astucia, y trajes y zapatos caros— y la ignorancia de lo elemental: un vocabulario escogido, un modelo de comportamiento que presentar a nuestros alumnos, lecturas, valores, metas admirables.

¿Amor al prójimo? Está en el núcleo de todas las variantes del cristianismo… pero no ha sido una doctrina vigente para nosotros, porque hemos secundado a quien desconocía el sentido y la práctica de la expresión mutatis mutandis —garantizando así que nada malo pudiera cambiarse—, elogiado a quien responsabilizó supersticiosamente a los alumnos de un terremoto —presunto «lamento de la tierra» contra la insolidaridad y los desmanes humanos—, disculpado al que antepuso sus muy conocidos intereses particulares al bien común o se dedicó a boicotear las actividades de otros cuando previó, certeramente, que podían tener éxito y eclipsar su infundada y ridícula vanidad.

Quede hasta aquí ejemplificado, por contraste, el daño que el dinero es capaz de hacer no sólo al ideario de un colegio, sino a lo que es más importante: la credibilidad que los alumnos podrían haber puesto en él si no lo hubieran visto vulnerado una y otra vez. Un auténtico pecado de lesa educación.

De modo que a los empresarios que, buscando ganar más, planeen tomar los valores católicos como reclamo publicitario, quiero recomendarles esto: secularícense ustedes; no usen el nombre de Dios en vano, levanten un colegio laico: son también rentabilísimos y carecen de las molestas condiciones que un ideario religioso les impondrá siempre, aunque ustedes sean desde luego muy capaces de soslayarlas. Y, por favor, no desorienten a nuestros alumnos: son personas en proceso de formación y necesitan ejemplos de moralidad coherente, no sepulcros blanqueados.

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2 comentarios en “Colegios católicos no practicantes

  1. Interesante reflexión, Antonio. Recuerdo una anécdota que sucedió hace no mucho en un centro católico cuando se decidió prescindir de los servicios de un trabajador. El claustro de profesores unánimemente apeló a la caridad cristiana de los religiosos propietarios del centro, sobre todo teniendo en cuenta que aquel trabajador prescindible era padre de varios niños pequeños y en su casa no entraba ningún otro ingreso. La respuesta del director del centro, orgulloso de la educación en los valores de Cristo con la que se formaba su alumnado, fue tajante: en aquel momento su misión era la de un empresario, no la de un sacerdote. Para gestionar un colectivo de trabajadores era necesario dejar fuera de aquella reunión los valores del santo patrón correspondiente.
    Evidentemente, no se trata de juzgar la idoneidad del despido, sino la sorprendente respuesta del máximo responsable de un centro que oferta una formación de base cristiana. Efectivamente, para algunos la religiosidad es un traje de quita y pon.

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    • Debe de ser terrible vivir instalado en esa disociación moral. Lo que sería de agradecer es que, a fin de no perturbar el sentido moral de los alumnos, quienes la sufren eviten siempre dirigir una institución educativa. Mejor que vivan su drama en privado; lo contrario es dar lecciones cuando uno mismo no las sigue, es decir: la incoherencia de la que hablo en el artículo. Y los alumnos nos miran; no exigen la perfección a los profesores, puesto que todos estamos en camino de ella en este mundo imperfecto, pero sí cierto apego a lo que en público se enseña. De contraejemplos fariseos andamos ya más que sobrados en este país.

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