El disfraz: ¿ocultador o develador?

Uno elige el disfraz, afirmó G. K . Chesterton, no para ocultarse, aunque eso parezca, sino para manifestar su yo, pues el disfraz oculta el rostro y el cuerpo, pero devela la intimidad: aquello a lo que a uno le gustaría parecerse o que, por alguna razón, íntimamente prefiere.

Y el Carnaval favorece una vez al año esta forma de trasgresión, que no es más que un paso, disimulado por las caretas y el vestido, hacia el otro lado de uno mismo. Esto es necesario: nos libera de nosotros mismos y nos permite jugar a ser otro, a ensayar facetas que también tenemos pero que habitualmente nos es difícil desarrollar. Por eso todo Carnaval es liberador: las fiesta, como excepción, es tan necesaria como la vida cotidiana.

¿Fue el semiólogo italiano Umberto Eco quien dijo que el Carnaval es «la ruptura simbólica del orden establecido»? Esta festiva confusión de los roles sociales es inherente al bullicio carnavalesco. Momentáneamente, que todo parezca revuelto… a fin de sentir luego, con la vuelta a la normalidad, un revovado gusto por la sobriedad y el orden.

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