Ambivalencia de la riqueza

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Titula el semanario francés L’Express sobre lo que llama «la nueva pujanza de los ricos» y afirma: «Desafían a los Estados. Controlan los medios de comunicación. Son (también) filántropos».

La riqueza, condenada por la moral evangélica y otras, pasó de ser un pecado en el catolicismoa una prueba de la predilección de Dios —según el protestantismo, quien premiaba con ella el esfuerzo y las ganas de superarse del hombre emprendedor. Sobre ello escribieron profusamente Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo y Erich Fromm en El miedo a la libertad.

De acuerdo con esta doble tradición, el siglo XX ha dado visiones contrapuestas de los ricos: mientras el sistema capitalista los ensalzaba convirtiendo el individualismo en lo que nunca había sido una virtud, el marxismo acogió de buen grado los prejuicios religiosos con respecto a la acumulación de bienes —que consideraba una demostración de egoísmo—… lo que jamás obstaculizó el enriquecimiento de todas las ‘nomenklaturas’ comunistas.

Se trataba de fuerzas poderosas: la ideología empujaba a rechazar que la riqueza fuera moralmente buena pues ésta era la idea prevalente o más políticamente aceptable, pero nadie podía dejar de observar que había un irremediable deseo por adquirirla incluso entre los que más furibundamente la condenaban.

Por esta razón, el ciudadano se ha visto implicado en una tesitura contradictoria: simultanear el rechazo a la riqueza vigente en la sociedad con la admiración que todos los medios de comunicación promueven y difunden hacia el estilo de vida de quienes tienen mucho dinero y disfrutan de él. (Algunas cadenas de televisión son una pura materialización de esta contradicción: anticapitalistas y solidarias con los desahuciados cuando informan en los noticieros, y adoradoras del lujo y las casas más caras del país cuando frivolizan en los programas de mayor audiencia.)

Esta ambivalencia de la riqueza afecta también a los ricos, quienes por medio de la filantropía tratarían de hacerse perdonar, presuntamente, la inmoralidad de su acomodada situación… o al menos esto es lo que creen los que, desde la religión, la política o la educación, insisten en condenar el acaparamiento económico y desconfían de cualquier buena voluntad de los ricos.

(Facebook, 27 / julio / 2014)

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