Una modesta proposición para evitar que los alumnos sean más manipulables que nunca

Propuestas en positivo para un país deseable (III)

 

El sistema educativo español cuenta actualmente con abundantes recursos materiales. Sin embargo, es increíble el número de alumnos que alcanza el último curso de nuestro endeble bachillerato o el primero de una carrera universitaria sin saber escribir correctamente, o desconociendo la sintaxis, con faltas de ortografía que serían incomprensibles ya en primaria ‘a salido’, ‘surje Heros o el amor’, ‘rebolución marxista’, etc. y con un conocimiento extremadamente precario en historia de España, matemáticas e idiomas.

Así que voy a decir algo que escandalizará a los pedagogos obsesionados con los recursos: para que haya una buena educación, basta con un aula, una pizarra, unos alumnos deseosos de aprender y un profesor preparado y con vocación. Lo demás no sobra, pero no es imprescindible: hubo en España buenos modelos educativos que no necesitaron más que de estos cuatro ingredientes.

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Jonathan Swifft escribió esta proposición con intención satírica; yo sólo sería capaz de satirizar contra los que han destruido el sistema educativo español.

Quiero añadir que si yo fuera ministro de Educación no lo descarto todavía, aparte de devolver la obligatoriedad a la filosofía y a la historia en bachillerato y en el examen de acceso a la universidad, propondría estas dos asignaturas: en primaria, lectura y dictado, impartida por profesores de lengua; y en secundaria, urbanidad y valores constitucionales. Ahora hay una asignatura en la que se habla de estos últimos, pero de un modo abstracto; como los alumnos lo son cada vez menos, no acaban de entender de qué va el asunto alumnos sin capacidad para la abstracción llegan al mismísimo 2º de bachillerato; puede imaginarse el esfuerzo del profesor para que entiendan a Platón, no digamos a Kant, imposible a Wittgenstein; pero es que, además, es necesario ejemplificar los valores en acciones sociales concretas, porque esto es la urbanidad.

Y algo más a fin de no facilitar que pulsen ‘Me gusta’ los que hasta aquí aprobarían mi comentario: ni por asomo dejaría el sistema educativo en las pecaminosas manos de ningún político nacionalista. Las competencias en este ámbito deben pertenecer al gobierno central: lo contrario sólo ha servido para ideologizar la educación hasta límites grotescos.

Instituciones perfectibles

Propuestas en positivo para un país deseable (II)

Uno puede sentirse justificadamente irritado por el uso que algunos políticos y cargos públicos han hecho de las instituciones en provecho propio. Pero esto no significa que haya que destruir las instituciones, sino excluir a los aprovechados (1).

Es decir: censurar la cleptomanía es lo que esperan los ciudadanos de un partido que asiente sus principios sobre bases morales; en cambio, la irrupción en el Parlamento de un brioso grupo equino —empeñado en hollar las lujosas alfombras, cocear el mobililiario y relinchar por los pasilloses una opción impropia de un país civilizado.

(1) Ortega y Gasset habló  de esto mismo, hace muchos años, en su libro La rebelión de las masas, sosteniendo lo siguiente:

Existe toda una serie de objeciones válidas al modo de conducirse los ScreenShotParlamentos tradicionales; pero si se toman una a una, se ve que ninguna de ellas permite la conclusión de que deba suprimirse el Parlamento, sino, al contrario, todas llevan por vía directa y evidente a la necesidad de reformarlo. Ahora bien: lo mejor que humanamente puede decirse de algo es que necesita ser reformado, porque ello implica que es imprescindible y que es capaz de nueva vida. (…) Por eso exigimos de quien proclama la ineficacia de los Parlamentos, que posea él una idea clara de cuál es la solución de los problemas públicos actuales.

(La rebelión de las masas, Espasa-Calpe, Madrid, 1937, pp. 182-183.)

Opresión política

Propuestas en positivo para un país deseable (I)

Con respecto a Venezuela (pero no sólo: también a España), alguien podría preguntarse por qué la gente no reacciona cuando es oprimida o tarda tanto tiempo en hacerlo. Dos respuestas:

1) La heroicidad suele pagarse cara y a nadie le gusta arriesgarse a perder comodidades o incluso la vida.

(Pero cuando nadie se arriesga, todos pierden alguna, muchas o casi todas las comodidades en un modo de vida que acaba resultando indecorosamente sojuzgado.)

2) El poder se encarga siempre con especial cuidado de silenciar al discrepante y lavar el cerebro al resto mediante: a) La politización de los medios de comunicación; b) La politización del sistema educativo.

(Pero hay dos antídotos: fomentar nuestro sentido crítico con la lectura y la reflexión; y votar a quienes no conculcan el derecho a la libertad de expresión.)

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Miguel de Cervantes, primer gran liberal español.

Los solidarios teóricos

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Residencia de San Esteban, en Neguri (Vizcaya) (Imagen: Picasa)

En España, la obtención de certificados de izquierdismo y amistad con los pobres requería tradicionalmente del trámite siguiente: leer El País o votar al PSOE (ahora hay que ver La Sexta o votar en clave populista). Por lo que he podido comprobar, era una mera burocracia que no implicaba entremezclarse con los pobres reales y dolientes: bastaba con hablar en su nombre. Lastimosamente, nunca he pertenecido a ninguno de estos dos grupos de desinteresados y solidarios con carné oficial.

Sin embargo, mientras estas gentes estaban de fiesta o ligando en Ibiza, yo me pasé un verano de campamento con jóvenes con síndrome de Down. Tan cerca estuve de ellos que faltó poco para contagiarme de la sarna que afectaba a una de las muchachas. En otra ocasión, un señor encamado se quejó de que mis manos estaban demasiado frías cuando le ayudaba a colocarse en la silla de ruedas, pero su mujer, agradecida, me regaló unas cestitas de plástico hechas con trizas de bolsas de supermercado.

Nunca fui, además, a clases de psicología evolutiva en la universidad: en vez de eso, visité durante años a una señora con problemas de visión. Declarado objetor de conciencia, me libré del ejército pero el Estado me envió a pasear a un anciano de 90 años, su hija disminuida psíquica de 55 y un perro. Formábamos una troupe muy simpática. Recuerdo que ella estaba sorda y hablaba atronadoramente. Cuando pasaba una mujer con minifalda, indefectiblemente soltaba cosas como: «¡¡¡Padre, mira esa guarra!!!». Y él contestaba: «¡Calla, necia, calla!». Terminada la prestación social obligatoria, aún visité a este hombre durante años: cogía mi bicicleta y me presentaba en la residencia de ancianos de Neguri (la de la foto adjunta). Muchos allí deseaban las galletas que yo llevaba solamente a Jesús y me lo hacían saber extendiendo los brazos.

Unos inmigrantes chilenos llamaron en cierta ocasión al piso que compartía con otras personas en Bilbao. Sin que ellas lo supieran, y con mi cómplice José Manuel Redondo, acogimos y dimos de comer a estas personas hasta que hallaron alojamiento en un albergue. Antes yo les había pagado varias noches de hostal. La recepcionista, por cierto, hizo una pregunta prejuiciosamente xenófoba: «Pero vosotros, ¿podéis pagar?». «¡Yo puedo!», repliqué. Uno de estos jóvenes se trasladó luego a Madrid y al poco me llamó por teléfono: necesitaba dinero. Pedí a mi amigo Rosen, residente en esta ciudad, que le diera 35.000 pesetas. «Lo hago porque tú me lo pides», me dijo. Siempre me han gustado mis amigos: se fían de mí. «Dáselas, Rosen, te las devolveré».

En Cáritas he conocido a marroquíes sin papeles que soñaban con montar una frutería; venezolanos huyentes del régimen totalitario de Maduro; ucranianas taciturnas que deseaban ser peluqueras en España; rumanos que nunca habían sido tratados de usted por un español; bolivianos de dulce acento cochabambino; colombianos expuestos al vértigo como limpiacristales de grandes edificios; empresarios españoles tan venidos a menos que acabaron necesitando la ayuda de la Iglesia católica; y familias mexicanas, peruanas, ecuatorianas y hasta guatemaltecas; muchas personas diversas, por lo tanto. De todas he aprendido mientras otros coleccionaban amantes. Enorme bien les haga su intensa vida social.

No quiero hacer manifestación de alardes benéficos. Sólo decir que, aparte de las pesas, los cactus y los libros, me interesan pocas cosas: soy un proletario de gustos sencillos. Pero he estado implicado en causas sociales siempre. Así que a otro con esos cuentos de lo solidario que soy por votar a la izquierda mientras tú vas… ¡a la COPE, cadena de la derecha!

De la admiración a la envidia

El envidioso admira siempre; disimulándolo, pero admira. Y lo disimula porque en el envidiado observa lo que él no tiene, y esto le pesa.

Jamás lo reconocería, al contrario: suele infravalorar públicamente las cualidades del envidiado que en privado le gustan. Como una carcoma lúcida, roe la imagen de la persona envidiada descubriendo a los demás sus presuntas faltas, los defectos de ese prójimo que otros ven también admirable… a fin de que se sumen al desprestigio así fomentado. La fórmula suele ser ésta: «Si yo te contara…» Y no lo puede evitar: el envidioso acaba contando. Necesita hacerlo como para bajar a las estatuas de su pedestal. El mérito le resulta molesto.ScreenShot

En la película Mujer blanca soltera busca (Barbet Schroeder, 1992), la desenvuelta Alison Jones acoge en su casa a una muy taciturna Hedra Carlson. Esta compañera de piso hace algo más que envidiar: imita a su casera. Primero el pelo, luego sus vestidos, hasta que finalmente interfiere también en la relación de Alison con su novio. Hedra es una compañía tóxica: no sabe admirar sin destruir.

Un psicólogo me decía hace poco: no desahuciemos a las personas en razón de su ‘toxicidad’, no seamos ‘esencialistas’: nadie es tóxico ‘por naturaleza’ y todos podemos cambiar. Así es… Sin embargo, mientras una persona sale de esta situación emocionalmente negativa, suele ser difícil de tratar y mantener una prudente distancia (esperanzada en el cambio, pero suficiente para que no resultemos dañados) es probablemente lo mejor que podemos hacer.

Autismo en el mundo

Cada 2 de abril se celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Anoche, por este motivo, aparecieron iluminados en azul muchos edificios y monumentos a lo largo del mundo.

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‘Concienciar’ es adquirir conciencia: no estamos solos, compartimos este frágil planeta con otras personas cuyas preocupaciones, deseos, tristezas y alegrías son básicamente como los nuestros. Esto es ‘con-ciencia’: ciencia o conocimiento compartido, bagaje emocional y raíz de la empatía, porque el otro es otro yo con el que puedo identificarme.

¿Habrá una conciencia universal? No somos místicos aquí, pero si la hay los autistas tienen un punto de vista, una riqueza con la que colaborar en ese patrimonio común, y ello es importante. Pero, para participar en lo de todos, hay que salir de uno mismo, exteriorizarse, y no hay otros incentivos para dejar el mundo interior que los que se recomiendan a las demás personas: la educación, la seguridad, el cariño y el respeto.

Colegios católicos no practicantes

El talante emprendedor es, básicamente, un ojo avizor: consiste en detectar posibles rentabilidades. Y no hay nada que escape a su deseo de provecho; si alguien lo duda, que acuda a Fátima o a Lourdes, donde la religión es al menos tan evidente como el lucro que se obtiene de ella. (Luego veremos que este ejemplo no se propone al desgaire: lo religioso no espanta a quienes, en busca de billetes, olfatean incluso detrás las efigies de Dios y los retablos.)

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Hasta aquí, nada que censurar: gracias al empresario, hay creación de riqueza, puestos de trabajo y explotación de la creatividad. La empresa es una expresión de la libertad humana y allí donde esta expresión no se permite sobreviene en seguida una inevitable decadencia.

Pero luego hay, grosso modo, dos tipos de empresarios: aquéllos que aman el emprendimiento y a menudo se han hecho a sí mismos desarrollando diferentes ideas hasta convertirlas en negocios rentables, y aquéllos que, desprovistos de ese amor, ansían sobre todo ganar dinero. El primer grupo, constituido por los empresarios de raza, no descarta, como es obvio, obtener beneficio de lo que hace, pero vive fundamentalmente ilusionado por lo que hace; en el segundo, en cambio, abundan los advenedizos: sin ideas propias, se sumaron un día al esfuerzo emprendedor de otros, lo que no puede reprobarse salvo cuando el lucro obsesiona a alguien hasta hacerle incurrir en el desprecio por los demás.

Hay una avilantez poco disimulable en quienes, más que idear proyectos empresariales talentosos, andan al acecho de empresarios cuya prosperidad pueda serles lucrativa. Se advierte rápidamente su prisa por adherirse parasitariamente al tronco del que extraer savia más que contribuir a que éste siga creciendo. El empresario nato suele ser humilde, sobre todo si levantó su empresa ex nihilo o trabajó en ella como un empleado más; entre las personas que llegan después, sin embargo, hay quienes se permiten, con tan escasa inteligencia como falta de respeto, soslayar ese esfuerzo, si bien aspiran a disfrutar ampliamente de sus consecuencias, no infrecuentemente asociándose, y a veces también amancebándose, con quienes lo han desarrollado.

Imaginemos, pues, a un empresario del sector educativo. ¿Desea ganar dinero? Evidentemente, y ello es lícito. Pero imaginemos también a un socio codicioso anhelando sacar provecho de lo que a este empresario le reporta primariamente una satisfacción personal. El primero ve dinero donde el segundo ve ideas transformadas en dinero: no es una diferencia sutil, sino gruesa. Desde el punto de vista escolar, ello significa, sencillamente, que uno ve padres de familia con forma de talonario, y el otro, alumnos que educar. Cuando la visión de la realidad es filtrada por el prisma de un lucro sin matices, lo personal se esfuma, porque se hace sacrificio de todo lo que no repercute favorablemente en la cuenta de beneficios. Es el gran reproche de muchos al capitalismo y hay que decir que, por desgracia, no les falta razón: en un colegio, por ejemplo, donde todo se supedite al dinero, hasta los profesores se convertirán en instrumentos y los alumnos en mercancías.

Hay que pensar mucho para que un negocio no decaiga, pero el empresario con vocación goza imaginando soluciones nuevas; en los advenedizos se observa, por el contrario, una antipática obsesión, una impaciencia ante cualquier forma de creatividad que no resulte económicamente beneficiosa. A los pobres de espíritu les sacian —siempre malamente— el dinero y las cosas que pueden comprarse con él, no los placeres psicológicos… Por eso insisten en ajustar cuentas y apurar existencias; abaratar costes y abreviar periodos de vacación; estipular sueldos a la baja y vigilar, mediante insidiosas, aparentemente inofensivas llamadas de teléfono, convalecencias que se alargan demasiado. Complaciente, el empresario poco remirado transige a los deseos de su socio, porque la búsqueda de rentabilidad de éste puede ser tosca pero a él le permite mantener sus ideales, aquello que quiso hacer realidad cuando decidió emprender.

¿Hasta dónde puede llegar el deseo de lucro? En las personas sin escrúpulos morales, no hay límite. Así, planteada un día la posibilidad de convertir la religión en un marchamo, accederán gustosas. ¿Vende proclamar que somos un colegio con un ideario católico? Hágase. Subámoslo al frontispicio hoy constituido por nuestro portal en Internet; hablemos de ello en nuestros documentos; y destaquemos, dentro de la programación escolar, días patronales y fiestas de guardar, miércoles de ceniza y misas de fin de curso, oraciones antes de la primera clase matinal y rezos del rosario durante el mes de mayo.

Todo, por supuesto, sin acritud. Somos católicos, sí, pero no estridentes: oposición al aborto, al divorcio o a los anticonceptivos, doctrina social de la Iglesia y ecologismo son causas que debemos considerar ajenas, estandartes que no podemos enarbolar. Aquí de lo que se trata es de vender un catolicismo suave, limado, contrariando incluso al Papa si es necesario. Un catolicismo acomodado a los usos burgueses de quienes pagan nuestros servicios educativos. No vamos a ser, en efecto, «más papistas que el Papa»—aun cuando quien dice esto no haya sido papista en su vida y sea una persona opuesta, en su quehacer diario, a cualquier valor religioso—; de cuanto la Iglesia enseña, la consigna será elegir sólo aquello que nos convenga; es decir, lo óptimo para nuestro bolsillo.

Misas sí, por lo tanto, ya que incluyen mensajes aleccionadores que podemos utilizar como propaganda en las reuniones con los padres de familia; pero la responsabilidad social del empresario es una desviación marxista del papado actual.

Romerías y visitas a santuarios, por supuesto, ya que ello nos exterioriza como católicos devotos; pero el cumplimiento de las condiciones laborales pactadas y el desarrollo personal de los trabajadores son harinas de otro costal, cuestiones que no cabe considerar católicamente.

Loas y rezos a la Virgen María en mayo, cómo no, es nuestra Madre del cielo; pero sin sacar delicadas consecuencias morales de ello ni asistir a manifestaciones contra la evitación de la maternidad mediante el aborto: esto es una cuestión peliaguda, desagradable, y a nosotros nos interesan los derechos de la mujer, hay cosas que no pueden decirse en esta sociedad permisiva, etc.

Respeto a los valores cristianos —«incluidos, como sabéis, en nuestro ideario»—, sin duda; pero un respeto compatible con alevosos despidos, burocráticos camelos, viles desprecios, humillantes adulaciones, falsedades por doquier, públicas reconvenciones, gritos no ocasionales, doble vara de medir según se trate de acólitos o disidentes, premios, por lo tanto, a quienes se muestren sumisos y coacciones a quienes disientan, más toda la gama de lo ignominioso.

¿Excelencia? A ella aspiramos, «os lo dijimos en la inauguración del curso»; pero no que luego hemos encumbrado a los más mediocres y valorado el mal ejemplo de los envidiosos; que llamamos a dirigir a quienes sabíamos poderosos por su dinero y preterimos a quien tenía talento pero no pagaba; que pleiteamos contra los que nos exigieron una indemnización justa y contemporizamos con los que, siendo injustos, nos apoyaron; que ha habido trampas, ineficacias, traiciones pasadas por alto, a veces incluso recompensadas con cargos y aumentos de suelto.

¿Preferencia por lo mejor? ¿Meritocracia? «Es nuestra forma de gobernar»… de cara a la galería; porque detrás ha reinado la vulgaridad, el ensalzamiento de quienes no han exhibido nunca un ápice de inteligencia —pero sí astucia, y trajes y zapatos caros— y la ignorancia de lo elemental: un vocabulario escogido, un modelo de comportamiento que presentar a nuestros alumnos, lecturas, valores, metas admirables.

¿Amor al prójimo? Está en el núcleo de todas las variantes del cristianismo… pero no ha sido una doctrina vigente para nosotros, porque hemos secundado a quien desconocía el sentido y la práctica de la expresión mutatis mutandis —garantizando así que nada malo pudiera cambiarse—, elogiado a quien responsabilizó supersticiosamente a los alumnos de un terremoto —presunto «lamento de la tierra» contra la insolidaridad y los desmanes humanos—, disculpado al que antepuso sus muy conocidos intereses particulares al bien común o se dedicó a boicotear las actividades de otros cuando previó, certeramente, que podían tener éxito y eclipsar su infundada y ridícula vanidad.

Quede hasta aquí ejemplificado, por contraste, el daño que el dinero es capaz de hacer no sólo al ideario de un colegio, sino a lo que es más importante: la credibilidad que los alumnos podrían haber puesto en él si no lo hubieran visto vulnerado una y otra vez. Un auténtico pecado de lesa educación.

De modo que a los empresarios que, buscando ganar más, planeen tomar los valores católicos como reclamo publicitario, quiero recomendarles esto: secularícense ustedes; no usen el nombre de Dios en vano, levanten un colegio laico: son también rentabilísimos y carecen de las molestas condiciones que un ideario religioso les impondrá siempre, aunque ustedes sean desde luego muy capaces de soslayarlas. Y, por favor, no desorienten a nuestros alumnos: son personas en proceso de formación y necesitan ejemplos de moralidad coherente, no sepulcros blanqueados.